
Pronto
apareció en otra dimensión, en una llanura de trigales, el padre de José,
infinitamente nostálgico, con la mirada perdida, paseaba de un lado para otro,
la figura de él y de la señora se cruzaban repetidamente como dos focos
luminosos que en la oscuridad de la noche desesperadamente buscan un objetivo
distinto, y en tal afán se traspasan mutuamente una y otra vez sin interrumpir
ninguno el camino del otro.
En mi delirio entendí que por eso estaban tristes, y también entendí que después de ésta cada quién se ubica en una determinada dimensión, y por consiguiente jamás podrán vernos, ni escucharnos, ni siquiera entre ellos pueden hacerlo, es todo lo contrario a lo que pensamos la mayoría.
Aquello que pude ver en la frontera, que separa la vida del más allá, me advirtió respecto a lo que me esperaba, mejor dicho ¿cómo podía yo partir si mis frutos aún eran verdes y amargos?, lo mismo le dije al tío Reinerio, en el momento de su partida.
Sé que estuve en la frontera porque pude
contemplar muy bien la cachina médica en la que me encontraba. Allá en la
entrada merodeaban los que vendían sangre directamente de sus venas, ahí llegaban,
y ahí estaban los jaladores, ajetreados por conseguir proveedores, y los
conducían hasta los intermediarios ambulantes que jeringa en mano los
esperaban, discutían el precio, el vendedor se acomodaba en una silleta
habilitada para tal fin, extendía el brazo, sin pérdida de tiempo el comprador
pinchaba, extraía el líquido e inmediatamente lo entregaba a otra persona que
hacía de acopiador. El acopiador le daba en venta a un laboratorio que se
ubicaba ahí nomás, junto a las carretillas que expendían comestibles,
cigarrillos y golosinas, improvisado en la carrocería de un viejo bus. Del
laboratorio salían clasificados para su venta los diferentes tipos de sangre,
que ávidos intermediarios ambulantes compraban y luego ofertaban en las mismas
puertas de los cuartos de operación y mejoramiento.
Otros vendedores ambulantes
ingresaban con órganos humanos, acomodados en pequeños conservadores, y
recorrían los pasillos en busca de clientes. Esparcidos en los ambientes, en
camas improvisadas, los pacientes recibían atención de los especialistas, que
ayudados por jovenzuelos reclutados en la calle devolvían la salud a muchos
enfermos, mientras a los que sucumbían les arrancaban rápidamente los órganos y
tejidos que consideraban buenos, los inventariaban en presencia de los deudos y
valorizaban para deducirlo del costo de internamiento, e inmediatamente los
vendían a colectores ambulantes especializados. El que parecía el dueño de la
cachina recibía el dinero directamente de los pacientes o de sus acompañantes,
pagaba a los vendedores ambulantes por los órganos adquiridos y cobraba a los
acopiadores por los órganos y restos útiles arrancados de los muertos.Finalmente las osamentas y las carnes adheridas que quedaban, eran vendidas por lotes a ciertos acopiadores que llamaban chatarreros. El mismo dueño metía la mano en las diferentes actividades del proceso operatorio, tenía que ser de tal manera ya que los enfermos clientes compradores de salud esperaban amontonados en los pasillos, y como buen empresario no permitía que el proceso se detuviera. Los fines de semana el personal formaba cola para el cobro de sus salarios, en tal afán los enfermos se sacudían abandonados a su suerte. ¡Era pues, todo un laberinto comercial!.
No solamente se realizaban análisis de sangre,
heces y tomas radiográficas previas al tratamiento del paciente, también
practicaban análisis de los medicamentos que adquirían de la cachina
correspondiente. Los jóvenes ayudantes de los especialistas pronto resultaban
practicando operaciones, y luego se abrían paso con su propia cachina, mejor
dicho con su propio negocio. Pude ver que las cachinas médicas se multiplicaban
y el Estado dejaba de preocuparse por la salud. El Presidente de entonces se
presentaba a menudo por la televisión para informar el crecimiento de la
inversión privada, llamaba empresarios a los dueños de las cachinas, y los
felicitaba por los puestos de trabajo que habían creado.
Por la inmensa masa de enfermos de bajos
recursos económicos, las operaciones médicas se volvieron rutinarias y burdas,
prácticas, decían los informales empresarios, que para el Estado eran
formales porque pagaban sus impuestos, y
eso era lo que importaba.

Pude ver que también habían crecido las
cachinas educativas, centros educativos primarios, secundarios y superiores, de
inversión privada, se ubicaban por doquier, en locales impropios, que tiempo
atrás eran fábricas asesinadas por la libre importación, y en casas vivienda
tan reducidas, que los alumnos habían aprendido a encogerse para no ocupar más
espacio que el imprescindible. Era tanta la desocupación y tanta la necesidad
de aprender algo para pasar la vida, que el Estado también dejaba de
preocuparse por la educación.

Asimismo pude ver almacenes abarrotados de chatarra importada, en los que profesionales especializados de Facultad se dedicaban a seleccionarla. Electrodomésticos, automóviles, ordenadores computarizados y repuestos, se clasificaban para ponerlos operativos y venderlos al alcance de los más pobres, con ello las encuestas ponían en evidencia un mejoramiento en la calidad de vida de la gente.

Asimismo pude ver almacenes abarrotados de chatarra importada, en los que profesionales especializados de Facultad se dedicaban a seleccionarla. Electrodomésticos, automóviles, ordenadores computarizados y repuestos, se clasificaban para ponerlos operativos y venderlos al alcance de los más pobres, con ello las encuestas ponían en evidencia un mejoramiento en la calidad de vida de la gente.
















