La literatura se aparta de los lugares comunes

lunes, 22 de enero de 2018

Crimen sin delito

Regresó como se fue, caminando, tres días de caminata desde la otra provincia, y se subió al bus en la salida del pueblo, arriba del río Tablachaca. Iba a entregarse voluntariamente a la justicia en el mismo Penal de Cambio Puente, en el litoral, Timoteo terminaba de cometer, muy a gusto, dos asesinatos más, había logrado lo que quería. Se sentó muy contento en la penúltima fila libre de la derecha del bus, y cuando el vehículo descendía en convergencia con el río su mirada se perdió en la triangulada ladera muy sumido en sus recuerdos.

Por la calcinada ladera las piedrecillas rodaban y las chamanas se estrujaban mientras presurosas se desplazaban las dispersas cabras a reunirse con la manada, el sol se disponía a penetrar  en la montaña occidental y por abajo, por el ancho vado del río Tablachaca, apareció un hombre con el pantalón remangado hasta los muslos, Timoteo lo seguía con la mirada fija, sorprendido por aquella humana aparición, esa tarde mientras preparara su merienda por fin podría conversar con aquel hombre, por fin podría alegrarse departiendo con él, así lo deseaba y haría todo lo posible y hasta lo imposible para retenerlo. Rara vez llegaba por ahí humano viviente, rara, muy rara, salvo la dueña cuando tenía que vender alguna partida de ganado, Timoteo pastoreaba las cabras de un una mujer que vivía más arriba, como a quince kilómetros, en un pequeño pueblo andino de antigüedad incalculable.

–¡Hola, amiguito! –saludó Timoteo a la distancia y a todo pulmón a su potencial visitante– por allá amiguito, por esas pitajayas, por ahí viene el camino.
–¡Ahhhhhh! –exclamó el gordiflón en señal de agradecida respuesta.


Mientras lo esperaba, Timoteo recordó aquel día que pasó por ahí por esa cabaña que entonces la habitaba, y pasó hasta la rivera y más abajo aún siguiendo el curso de las aguas con dos compañeros novatos para lavar el oro yaciente en el cauce del río. Los experimentados buscadores de oro tenían otro camino, más corto y más inmediato a la carretera, pero los novatos se inquietaron por su brillo en el pueblo de arriba mientras bebían aguardiente en una pulpería, los dos pueblerinos le hablaron de la faena y del precio del metal “Te sacas un gramo diario, cinco veces más de lo que te pagan aquí como peón”. Así, convencido del suculento negocio, bajó con sus dos socios rumbo a la rivera con una enorme mochila cada uno,  con los molidos, la sal y el azúcar para alimentarse y encima de la mochila la barreta y la lampa, y un pellejo de chivo maduro para retener las minúsculas partículas del metal. Bajar por la escarpada pendiente con tremendo cargamento para quince días le produjo vómitos, tantas arcadas que por fin optó por exclamar “¡Me llama el divino!”, y se tiró al suelo de largo en largo que sus compañeros tuvieron que compartir su cargamento para poder llegar a la misma rivera mientras Timoteo les contaba una historia de su pacto sostenido con Dios para entretenerlos. “El Taitito me ha pedido que no cargue mucho peso y si me descubre cargando como ahora me llamará a su lado para vivir sin hacer nada, y yo todavía no quiero ir porque tengo que hacer algo”. Y apenas llegaron, sobre la marcha empezaron a improvisar el campamento pircando piedras hasta una altura de ochenta centímetros, de ancho hasta las rodillas, y de largo lo suficiente para que pudiesen entrar los tres con mochilas y todo, tendieron un plástico como techo y, ¡vivienda arreglada!. Le resultaba muy desagradable recordar todo aquello de esa vez en que sacaron medio gramo por día entre los tres, ahora, como pastor, tenía una pequeña cabaña arriba de la rivera con tarima y fogón incluidos y un perro de compañía, una cabaña que había albergado a muchas generaciones de pastores. Tenía la cabaña y la comida aseguradas, molidos, papas y maíz que le entregaba su patrona y que el mismo subía para bajarlos desde el pueblo, aunque ya llevaba meses sin comer carne, no había muerto cabra alguna, y él, tan honrado como era, no sacrificaría una por propia iniciativa.


El caminante salía por el escabroso camino, entre cactus y chamanas, de aquí para allá de allá para acá, se aproximaba a la cabaña mientras el perro lo ladraba. Timoteo no quiso recordar más esos días ni esas noches que pasó en la rivera para lavar oro y se concentró en la figura de su potencial visitante que, de dónde vendrá este pequeño amiguito, tan gordito como está qué difícil le resulta caminar, lo convenceré para que se quede, le daré de comer y se quedará, si pero no, ¿y si es uno de esos terrucos?, ¡me jodí!, ¡hoy me mata!, ¡ay Diosito!, no permitas que así sea, y viene con zapatos, y yo con estos zurcidos y estos llanques desde que llegué, seis meses ya, ¿que traerá envuelto en su poncho como quipe?.

Timoteo llevaba unos llanques tan desgastados que el talón besaba el suelo, el pantalón y chaqueta de lana de carnero artesanales y zurcidos pedían ser cambiados a gritos, sólo había cambiado la camisa de lana por una vieja camisa de dril que su entonces patrona le regaló y que ajustaba dentro del pantalón con una faja de lana de tres metros de largo.
 
Llegó y Timoteo le extendió la mano presentándole a su perro sin apartar los ojos del quipe, en seguida lo invitó a sentarse en una piedra cerca al fogón.
–¡Anay! –exclamó el visitante mientras se quitaba el quipe para ponerlo a su costado y agregó –con tremendo peso casi que no llego, ¡jajajaja!.

Timoteo, intrigado por lo que había dicho el recién llegado, atizó el fuego y la pequeña olla de barro empezó a cloclear una sopa de molidos con unas papitas peladas a cuchillo y cortadas en pedacitos. El crepúsculo se apagaba y el fuego iluminaba, Timoteo aproximó un tronco de molle hasta el fogón y se sentó, su mirada se dirigió al quipe del forastero mientras éste lo desenvolvía para liberar su poncho dejando al descubierto un paquete envuelto en un costalillo blanco. Estirándose manoteó en el bolsillo interno de su chaqueta y extrajo una taleguita de coca cortada y bien compactada para ofrecerle un bolo a Timoteo en muestra de agradecimiento y amistad. Timoteo aceptó muy de buena gana, y luego que el forastero se chantó el poncho empezaron una charla respecto a la coca, que dónde era mejor, que si del Marañón o de Usquil. ¡Del Marañón!, del Marañón es la mejor sólo que a veces te venden lavada, ¡después de haber sacao la pasta!, pero se conoce, cuando está lavada la hoja pierde su color y sabor, en cambio cuando no está lavada es verdecita media amarillita, qué rica, bien rica, amiguito, ¡sí, mi amigo!, así es pue sino dígame cómo está la que ley invitao, ¡buena amiguito!, muy buena, paque es pue.

–A propósito amiguito, yo me llamo Timoteo Masa, Timoteo Masa Rueda, ¿y usted?, amiguito.
–Yo Pablo, Pablo Centurión, pero de apellido no de cintura.

Y Pablo y Timoteo siguieron charlando de la coca, de la cal, de las catipadas para adivinar la suerte, pero a Timoteo no se le iban los ojos de encima del quipe de Pablo.

–¿Qué llevas en el quipe, amiguito?.
–Más coca, ¡jajajajajaja!.
–A ver, quiero mirala.
–Mañana, ahora ya está de noche.
Y claro que se estaba haciendo noche, las cabras madres se acomodaban en el redil llamando a sus crías, mientras los machos se disputaban los emplazamientos más atractivos, y el perro Motoso ahí, afuera del redil, no cesaba de darle vueltas mientras ladraba, y de cuando en cuando se posaba sobre sus ancas para aullar.

Timoteo colgó la geta en muestra de descontento, sin dejar de ser solidario.

–A comer algo, amiguito –dijo Timoteo, casi ordenando y bajando los platos desde un pendiente tabladillo de delgados maderos atrincados con cabuyas.

Meneó la olla con el negruzco cucharón de palo y empezó a servir el primer plato para Pablo, el segundo para el perro y el tercero para él. Pablo lo recibió de muy buena gana.

–Gracias, amigo, pero no te molestes, ¿qué he dicho que no te ha gustao?.
–Nada, sólo que no me quieres enseñar lo que tienes en tu quipe.
–¡Coca!, ya te dije, mañana te daré un poco, ahora sólo quiero dormir en este corredorcito.

Timoteo, se puso triste y rabioso a la vez, su curiosidad por saber lo que había en el quipe quedó frustrada, la posibilidad de que fuera coca lo que contenía el quipe le llenaba de felicidad y sonreía al imaginarla porque la ración se le agrandaría y no tendría que mezclar lo poco que le quedaba con hojas de chamana, pero, y qué si no era coca, sólo de pensarlo su rostro se degradaba.  Esa noche no dormiría, se conocía demasiado, tuvo miedo de aquel pequeño gordiflón chacotero, tuvo miedo, claro que sí, y ahora ¿dónde dormiría su visitante?, ni modo que en la tarima junto a él, ¿dónde tendería la gruesa carona para el amigo?, en el suelo, claro, dónde más, no había otra tarima sólo una en la que él dormía sobre dos gruesas caronas apuntaladas, ahora prescindiría de una para ofrecerla a Pablo, en el suelo, pero, ¿dentro o fuera de la cabaña?, afuera mejor y yo me tranco muy bien con la barreta, y si empuja la puerta, ¡me jodí!, mejor que se duerma el en suelo y junto a mi tarima, mejor en el suelo y lejos de mí. Timoteo estaba super confundido que no había captado el deseo de su visitante por quedarse en el corredorcito,  y terminó tendiendo la carona afuera, bajo el pequeño techo saliente de barro de la cabaña y aturdidamente la terminó de tender a eso de las nueve de la noche cuando la luna aparecía por el oriente e ingresaba su luminosidad por la ventanita hasta la cabecera de la tarima. Tendió la carona afuera y le entregó una frazada raída, le dio las buenas noches y  después de trancarse con la barreta se acostó. Y le asaltaron los recuerdos del primer día en el pueblo de arriba, zozobrado, escondiéndose de los policías, buscando trabajo a cambio de comida, llegó desde allá, desde las alturas de Chingalpo en la otra provincia arriba del río Marañón, tres días después que le dio una tremenda pateadura a su mujer dejándola semimuerta, muerta para él, ¡eso creía!, en la chocita de la puna donde vivía, donde sobrevivía pastoreando el ganado del mejor comerciante del pueblo, así fue, pues, su mujer era joven y hermosa y por eso con rabia la pegó hasta matarla, pero no la mató, la dejó tirada, abandonó la choza y se quedó en la choza abandonada de más arriba para vigilarla desde ahí hasta que llegara el comerciante con las vituallas para la quincena. Y sucedió que el comerciante llegó aquel día con su mujer y sus dos hijos y encontró a la mujer de Timoteo recuperándose de la pateadura, la sacaron caminando de la choza y la subieron sobre la mula del comerciante ante la incrédula mirada de Timoteo que no le quedó otra salida que huir, y a su mujer la llevaron hasta el precario hospital del pueblo donde rápidamente se recuperó y declaró que los terrucos se llevaron a Timoteo porque era de ellos y a ella lo masacraron mientras la culpaban de traicionar a su marido con el dueño del ganado, cuento que todos los que la escucharon se lo tragaron completito.


Acostado sobre la tarima se quedó recordando el incidente de la puna hasta la madrugada, tan concentrado en sus recuerdos que los desesperados ladridos de Motoso, a eso de la media noche, pasaron desapercibidos por él. Entonces ya de madrugada lo asaltó la idea de que el hombre que dormía afuera podría  estar tramando ingresar a la cabaña para matarlo, no podía permitirse morir entonces, tenía que vivir, aún tenía que vivir porque aún no había logrado su objetivo, no aceptaba eso de morir para que otros vivieran, quería su parte en este mundo, y lo lograría. Esa noche quería estar seguro de que el visitante no era un terruco que lo mataría, él sabía que los terrucos mataban y asunto arreglado, no le preocupaba el porqué ni el para qué, sólo le preocupaba el qué hacer y el porqué en caso de que quisieran matarlo. Y como tenía que seguir viviendo salió cuchillo en mano para asegurarse de que así sería, abrió la puerta sigilosamente, el visitante roncaba plácido, completamente dormido por el cansancio, con el misterioso quipe de cabecera. Timoteo se inclinó para jalar el quipe en el que posiblemente se encontraría el arma homicida, y al jalarlo ¡el durmiente se puso de pie de un salto para sujetar su paquete!, Timoteo le clavó una estocada en el abdomen y con ambas manos en el cuello dio cuenta de aquel hombre que terminó cayendo pesadamente en el suelo y Timoteo encima de él.  Se aseguró de que su indefenso contrincante estuviera bien muerdo y lo arrastró hasta un rincón de la cabaña, volvió por el quipe y lo colocó junto al cadáver, trancó la puerta con la barreta y se quedó regocijadamente dormido.

Las cabras abandonaron el redil a eso de las nueve de la mañana y Timoteo empezó a estirase y a dar gracias a Dios por el nuevo día. Dirigió la mirada al cadáver, y
–¡Buenos días amiguito!, eso te pasa por querer matarme.

Se levantó y lo primero que hizo fue examinar el quipe del difunto, lo encontró, efectivamente con coca y dentro de ella un fajo con muchos billetes de todas las denominaciones, pero, además un paquete de un kilo de pasta básica de cocaína. No sabía cuántos ni de cuánto, pero sí sabía que eran billetes, sus ojos se desorbitaron al contemplarlos y su mente empezó a cautelarlos, y los ató en viejas bolsas plásticas para enterrarlos en una esquina exterior de la cabaña. Cogió el cuchillo y en una de las piedras del fogón lo frotó repetidas veces hasta entregarle un buen filo cortante e inmediatamente empezó a quitarle las ropas al difunto para seccionarlo, y un crucifijo de oro en cadena del mismo metal asido al cuello del infortunado llamó su atención y se detuvo en su empeño examinándolo minuciosamente, no había visto uno semejante, qué lo iba a ver si nunca conoció una esvástica, sin embargo ahí se quedó petrificado y luego se persignó para continuar con su tarea, delicadamente quitó el crucifijo y se colocó al cuello.  El bolsillo derecho de la chaqueta llamó su atención por lo pesado del contenido, manoteó dentro de él y extrajo un revólver 38 de rutilante cacha en la que se enmarcaba en alto relieve una S en forma de ángel cruzada sobre otra en forma de serpiente, sin duda una esvástica ¿oro?, Timoteo quedó paralizado, jamás había visto oro semejante, y cuando volvió en sí siguió buscando en los bolsillos de la chaqueta, en el izquierdo encontró una potente linterna de mano, y en el interno un estuche de cuerdo con documentos personales que él ignoraba por no saber leer. Escondió el revolver envuelto con el crucifijo en una abertura de la pared externa de la cabaña y lo tapó con barro y piedra, entonces se justificó de razón,  ese hombre tenía el arma y quería matarlo, ese muerto que no era tan gordo ni tan pequeño como cuando estaba vivo porque lo desinfló con el cuchillo y se estiró mientras moría. Y no obstante haberse justificado de razón se armó la confusión dentro de sí. Pero qué importaba eso, él estaba vivo y el otro muerto eso era lo importante, y lo más importante para él, entonces, era desaparecer el cuerpo del delito, que si lo encontraban los otros terrucos lo destrozarían a balazos,  y procedió  a descuartizar al difunto. Extrajo las vísceras y las cargó en un saco juntamente con la pasta básica y el estuche de documentos hasta el río, dónde tranquilamente las lavó y arrojó el kilo de pasta y el estuche en la parte más estrecha y alejada del torrente. Regresó y extendió las vísceras  en un cordel de cabuya instalado afuera de la cabaña. Luego fue sacando uno a uno los miembros hasta el batan donde hábilmente los fileteaba para secarlos en el tendedero, finalmente, la cabeza entera la colocó en una gran olla de barro para cocinarla, a eso de las dos de la tarde se desayunaba junto con su perro con el suculento caldo de cabeza humana, luego puso la cabeza sobre el batán y de ella extrajo los ojos y la lengua y se los comió, cogió el machete y de un certero golpe abrió la cabeza en dos y lo entregó al perro para que se lo comiera, el perro devoró los sesos y se llevó el cráneo abriéndose paso entre los matorrales. En seguida llenó en la misma olla las manos y pies del cadáver y atizó el fuego con unos leños de molle. A eso de las seis de la tarde y después de echar de menos las cabras en el redil cogió la coca del difunto y se puso a rumiarlas hasta la media noche, hora en la que tomó su caldo de manos y pies y se acostó. 

Al siguiente día, después de entregar un gran hueso a Motoso, mientras se echaba la armada cocinaba los filetes más apetecibles del muerto, y cuando la olla empezó a hervir se desnudó por completo, cogió con la mano derecha el cucharón de palo y con la otra el cuchillo y empezó a interpretar su propia danza de agradecimiento por lo vivido, emitiendo guturales sonidos infernales. De cuando en cuando se dirigía a la olla e introducía el cuchillo para probar la cocción de la carne, y como el difunto no pasaba de los cuarenta no tuvo que esperar mucho para saborear completamente aquello,  y se engulló los hervidos músculos voraz y desesperadamente como si fuera la última vez que lo hacía, y barriga llena se tendió panza arriba bajo la sombra de un molle y se quedó dormido hasta el crepúsculo.

 
Una semana después, cuando el sol calentaba desde el mismo centro del cielo, llegó Serafín Puntiagudo, el eterno policía del pueblo, hasta la cabaña, y al ver unas provocativas cecinas en el tendedero le pidió a Timoteo que le asara esas carnes precocidas por el sereno y el sol, y las degustó.
–¿Tienes plata que me prestes? –preguntó el policía.
–Dionde pue taitito, ¡dionde! –respondió Timoteo.
–Se ha perdido un comerciante –comentó el policía mientras saboreaba la carne azada.
–Yo he comido amiguito.
–JAJAJAJA! –carcajeó el policía– sólo un loco comería carne humana.
–Enton, somos dos.
El policía respondió con otra carcajada y se encaminó a buscar venados, mató uno en aquel atardecer, y cuando cayó el venado Timoteo llegó corriendo hasta el animal, lo tomó por el cuello, lo abrazó y lloró desconsoladamente, mientras el policía festejaba su presa entre risas y anécdotas de cacería, Timoteo lloró hasta la última lágrima y de un brinco se paró y clavó su mirada en el orgulloso policía para decirle:
–Yo, Timoteo Masa Rueda, te condeno al fuego eterno por matar a este pobre amigo que nada te ha pedido, hoy dime, ¿qué tea quitao este pobre animal, mal nacido?.
El policía encañonó a Timoteo y Timoteo se arrodillo ante él.
–¡No me mates por favor! –clamó el humillado.
–No te mato si cargas el animal hasta el pueblo.
–Así será, patroncito, mandiste nomá.

Esa noche, el policía, después de esposar a Timoteo por miedo a ser atacado, se quedó junto a su presa en la tarima de Timoteo y éste afuera de la cabaña. Y al siguiente día llegó hasta el pueblo de arriba con Timoteo venado al hombro, y mientras tanto llegaban por la cabaña dos familiares del desaparecido, y al encontrar la linterna de mano en la ventanita de la vivienda rompieron el endeble candado y buscaron dentro del cuartito, en un rincón encontraron los zapatos y la ropa del difunto y  con la evidencia se encaminaron hasta el pueblo. Timoteo ya bajaba de regreso y tropezó con ellos, y después de charlas y preguntas Timoteo aseguró haber comido al dueño de esas prendas de vestir. Al siguiente día los dos familiares más dos policías llegaron hasta la cabaña y apresaron a Timoteo, le pusieron esposas y lo ataron y encima lo arriaron a golpes. Y luego del atestado policial lo cargaron en el asiento posterior de la camioneta para ponerlo a disposición del Juez, era la primera vez que subía a un vehículo, apenas avanzaron un kilómetro y empezó a vomitar, asqueados por el incidente los policías esposaron a Timoteo en la barandilla de la tolva de la camioneta, y llegó hasta el Penal envuelto en su propia bazofia sin contemplación alguna.  El caso se ventiló en la Corte Superior y el Fiscal se dirigió al reo.

–Este hombre que ven aquí, aparentemente inocente, mató con premeditación ventaja y alevosía al comerciante Antonio Aguilar Sarmiento y se ensaño fileteando el cadáver para luego comérselo.
–No soy inocente, ¡yo lo maté pero con un cuchillo, no con lo que usted dice!, además no se llamaba Antonio Aguilar, se llamaba Pablo Centurión.
–¿Cómo era Pablo Centurión?.
–Vivo era bromista, pequeño y gordiflón. Muerto, era serio, estirao y desinflao.
–¿Porqué lo mataste?.
–Porque me iba a matar.
–¿Porqué te iba a matar?.
–¿Porque tanto me pregunta si ya dije que lo maté o quiere que diga que no lo maté?.
–Lo mataste y luego lo comiste, ¿porqué?.
–Lo maté y lo comimos porque teníamos hambre, los tres, yo, el perro y el policía.
–¿porqué crees que te iba a matar?.
–Porque tenía el arma como esas que andan los policías en su cintura, sólo que ésta era de oro, yo escondí el arma en un hueco de la casita.

Qué difícil resultó resolver aquel caso. El homicida confesó el crimen con lujo de detalles, se hizo la reconstrucción, tal y como, Timoteo quitó la piedra para extraer el revolver y crucifijo, pero habían desaparecido, el caso se tuvo que archivar por falta de pruebas. Timoteo salió libre por exceso de carcelería después de muchas sesiones, preguntas y repreguntas, durante siete años. Lo que parecía un caso simple se complicó, las investigaciones pusieron al descubierto que el desaparecido era un comerciante intermediario de pasta básica de cocaína que recién había salido del Penal de Cambio Puente con libertad condicional, que había tomado el bus en el terminal terrestre del litoral rumbo a la sierra para comprar ganado, y que se había bajado en una estación en las estribaciones de la sierra, justamente en una casita al borde de la carretera arriba del río Tablachaca y a eso de las nueve de la noche del martes 13 de diciembre, por lo tanto tenía que haber descendido hasta la cabaña de Timoteo en horas de la noche. Contradictoriamente Timoteo afirmaba que el hombre que mató había ascendido hasta su cabaña después de cruzar el río en horas de la tarde de un día que no sabía reconocer que día era, y lo había matado a la luz de la luna y en la madrugada del siguiente día “era de madrugada porque Motoso temblaba de frío”. Se concluyó que el desaparecido había planeado su propia desaparición para huir de la justicia cambiando de identidad y posiblemente de nacionalidad, resultando acusados de asociación ilícita para delinquir los dos familiares del desaparecido, ¿y cómo no así, si el muerto había desaparecido por completo salvo sus prendas de vestir?. Perro y amo tuvieron una semana de comilona a todo dar, las últimas cecinas se las había comido el policía, y el perro enterró los huesos por allá, por donde ningún humano se atrevía a llegar por temor a ser sepultado, allá en el terreno mullido, atormentado y deleznable del borde de la quebrada, para roerlos después, cuando el hambre lo exigía, y después ni el mismo los encontró. No había modo de tipificar el delito del espeluznante crimen confesado por Timoteo como tampoco había modo de justificar el delito de asociación para delinquir.

 
Para Timoteo la vida en el penal era más atractiva que todos los días de su anterior existencia, no saldría de ahí ni por san puta, volvería a matar ahí mismo y delante de muchos testigos para quedarse, ahí dejó los llanques por los zapatos, el sombrero por la cachucha, los pantalones y chaquetas de lana por los de estilo vaquero, la faja por el cinturón y la nada por el calzoncillo. Ahí pudo diferenciar billetes naciones y extranjeros, auténticos y falsos, ahí por primera vez la radio y televisión, la luz eléctrica y el agua en cañería. Pero tenía algo más importante que hacer, más importante que la buena vida que llevaba en el penal y se perfeccionó en el uso del puñal. La buena conducta que observó en el Penal le venía por naturaleza, seguía siendo simplemente el hombre que no sabía qué era bueno ni qué era malo para los demás, pero sí sabía qué era bueno para él, y para él lo mejor que tuvo fue su hijo, su hijo de ocho años.

Así que por el hijo quería regresar hasta la puna dónde había quedado su mujer, y regresó. Pasó por la rivera del Tablachaca y en un descuido del nuevo pastor desenterró el dinero y lo camufló entre sus ropas, se encaminó hasta la puna,  tomó todas las precauciones y empezó a vigilarla mientras el viento silbaba entre las pajillas, esta vez no fallaría, los sorprendería, esperó pacientemente y llegó el comerciante, pasó hasta la choza con la remeza y las golosinas de la hembra. Timoteo se fue acercando, los quejidos de la hembra traspasaban la muralla tejida con piedras y champas. ¡Irrumpió el vengador!, le clavó una puñalada en la espalda al jadeante y a ella una en el pecho, y el se echó encima de los dos con las manos apretando el cuello de la mujer. Cuando los cuerpos empezaron a enfriarse se sentó sobre el cuyero y se echó la armada, miró hacia arriba a las enmarañadas pajillas del techo, escarbó con su mano derecha y extrajo la pequeña botella de cocacola, la bebida preferida de su hijo de ocho años, el comerciante siempre le llevaba una de regalo para que atisbara circundando la laguna y volviera con la noticia de que si había o no truchas y en qué parte, mientras Timoteo pastoreaba el ganado a medio kilómetro arriba de la choza. Tan pronto el niño volvía hasta la choza con la noticia, tan pronto regresaba en compañía del comerciante hasta la laguna y los dos se ponían a pescar en los lugares que el niño indicaba, y así se pasaban un gran día sellándolo con unas truchas fritas a eso de las cuatro de la tarde, y había truchas por montones.


Un día el pequeño hizo el recorrido en menor tiempo que el previsto, y al regresar a la choza encontró a su madre quejándose debajo del comerciante, el niño  pateó los tobillos del jadeante y lo amenazó con hacerlo saber a su padre, y la madre sentenció.
–Si lo haces el patrón no te traerá más cocacolas.
El niño calló, y agregó.
–Pero no vuelvas a pegarle a mi mama.
–El patrón dice que te traerá dos cocacolas –agregó la madre
–Eso –dijo el patrón– una la tomas mientras caminas por el entorno de la laguna, no vayas corriendo porque las truchas se pueden asustar, y la otra la tomas después, cuando tu quieras.

Y así fue, la siguiente quincena el patrón llegó con dos cocacolas más una bolsa de caramelos que el niño festejó con incesantes elogios al patrón.

–Esta botella te la tomas hoy –dijo el patrón– y esta otra con los caramelos guárdalos para después.

El comerciante repitió su jarana amorosa y se marchó sin esperar al niño para salir de pesca. El niño se puso muy triste, esa tarde no compartiría con el patrón los chocolates rellenos mientras pescaban, esa tarde no habría truchas fritas, pero, luego sonrío porque tenía otra cocacola y una bolsa de caramelos para disfrutarlos, y sin pensarlo dos veces el niño empezó chupando los caramelos y luego rumiándolos, y antes que llegara Timoteo, su padre, destapó la pequeña cocacola y se tomó buena parte de ella para luego esconderla bajo su cama, y tan pronto la escondió empezó a gritar como loco, que sus gritos estremecían las montañas, la madre se quedó petrificada, Timoteo llegó para atender al pequeño, pero entonces espumaba y tenía el cutis morado, ¡y se moría!. Al siguiente día Timoteo encontró la botella bajo la cama del niño junto a media bolsa de caramelos, la olfateó, era repugnante, tenía el olor del insecticida que usaban para combatir las garrapatas de las ovejas, cautelosamente escondió la botella entre el enmarañado de pajas del techo, y ahora la  sujetaba. La destapó, abrió la boca de la mujer y la llenó con el líquido, luego se dirigió a la cama que antes era de su hijo y ahora de otro niño, y extrajo otra cocacola, la destapó, la olió, y, ¡estaba envenenada!. La vació completamente en la boca de la mujer, y salió corriendo al encuentro del niño aquel otro hijo de la mujer, lo encontró volteando la laguna, le entregó siete cocacolas que llevaba en su mochila y se encaminó rumbo a la tumba de su hijo sin prisas ni nada, después se entregaría a la justicia en el mismo Penal, llevándose con él las caricias de su hijo que eran como la suave y limpia brisa de  la puna susurrándole al oído. Quitó una a una las piedras de la camuflada entrada a la cueva y destapó la tumba de su hijo, cuidadosamente fue quitando la cal, capa por capa, separando y sacudiendo las ropitas y los ponchos. Por fin había terminado, ahí la momia sonriente, ahí la cabeza y patas de la oveja completamente secas, con mucho cuidado levantó entre sus brazos a la momia y la apretó en su pechó con la cabeza pegada a su oído, lloró mientras la tenía y con ella en abrazos se acostó junto a la tumba y se quedó dormido hasta el siguiente día.


Cuando las guachuas surcaban la laguna y los cielos las avecillas festejando los primeros rayos de sol, vistió al deshidratado cuerpo de su hijo con las ropillas para luego envolverlo con los ponchos y finalmente apretujarlos con la faja, sacudió el pellejo y retiró la base de cal, esparció hojas de coca en la base de la tumba y sobre ellas extendió el pellejo, sobre el pellejo colocó con sutileza la pequeña momia, a su costado derecho colocó la cabeza y patas secas de la oveja. De su mochila extrajo chocolates, una cocacola y otras golosinas, y las colocó a la izquierda de la momia, habló entre sus narices por media hora y comenzó a sellar la tumba, cuando terminó de sellarla tapó camufladamente la entrada de la cueva y se marchó rumbo al Penal de cambio Puente. Sonreía porque el penal le había dado una vida mucho mejor que aquella que llevaba en la puna, mucho mejor que aquella que llevaba en la rivera del Tablachaca, y lloraba, sonreía y lloraba, lloraba porque se alejaba de su hijo,  quién podría entenderlo, era un hombre tan distinto, tan diferente a todos, tan sabio como idiota, tan loco como cuerdo, era todo y era nada, y no obstante preferir las fáciles migajas de la esclavitud al difícil pan de la libertad, era él.

Durante el trayecto en el bus, Timoteo seguía sumergido en sus recuerdos, sintió mucha rabia en aquel momento en que descubrió la pequeña cocacola envenenada que dio cuenta de la vida de su inocente hijo, entonces cogió el cuchillo para victimar a su mujer, pero, ahí estaba su hijo, y aunque ya muerto, ¿porqué tendría que presenciar aquella venganza?. Cubrió cuidadosamente al pequeño y esperó el nuevo día. Con el cuchillo aquél degolló a la mejor oveja de la manada, era la primera vez que por iniciativa propia degollaba una oveja del patrón, la pishtó y en el pellejo fresco cuidadosamente extendido depositó una pierna de la oveja, y junto a ella la cabeza y las cuatro patitas del animal, y envolvió todo en el pellejo. Luego acomodó su ¡quipe personal!, con el talego de coca bien compacto, el más grande, el de las largas caminatas, y al costado de todo acomodó al pequeño niño envuelto, muy cuidadosamente, con una colorida faja de lana de tres metros. Cargó el burro del patrón con la barreta y la lampa, la olla y los molidos, un par de ponchos muy raídos y encima de todo lo que envolvió en el pellejo. 


Y marchó hacia arriba con el viento silbando entre los ichos, hasta lo más alto de la caliza montaña y se hospedó en una cueva. Al siguiente día bajó algunos metros hasta una depresión por la que fluía un hilo de agua y con la lampa construyó un pequeño pozo, al costado de éste amontonó muchas piedras caliza para construir con ellas un cono truncado con una pequeña abertura pegada al suelo, y lo rellenó con carcas de vaca, tantas como el relleno lo pedía, que tuvo que recorrer centenares de metros a la redonda para conseguirlas, las prendió fuego cuando el sol se ocultaba y se sentó para echarse un bolo mientras cocinaba su única comida del día con la pierna de la oveja,  después de comer al calor de la hoguera se quedó dormido. Los primeros rayos de sol abrigaban las faldas orientales del cerro y curiosas vizcachas retornaban a sus madrigueras, la tarea de Timoteo aún no concluía, se incorporó estirándose, miró las calcinadas y blanquecinas piedras y después de evacuar las cenizas por la pequeña abertura de la base, cogió la olla, la llenó con agua y la esparció sobre las piedras, y repitió la acción hasta quedar complacido. Y entonces tenía cal. Subió hasta la cueva y en ella excavó una tumba, la encofró con selectas  piedras, en la base depositó una capa de cal que cargó desde su improvisado horno, sobre ella colocó el pellejo de oveja y al costado la cabeza y las cuatro patas y en seguida extendió otra capa de cal, esparció hojas de coca sobre aquella capa, extendió uno de los ponchos sobre ella, y sobre él depositó el cuerpo desnudo de su pequeño hijo, sobre el cuerpo sus ropitas y la faja, y sobre todo extendió el otro poncho. Luego se echó la armada y mientras rumiaba las hojas de coca, a manera de conversación, reprodujo la vida del pequeño, desde que nació, ¡qué, desde que nació!, desde antes, desde que tu mama resultara preñada. Tenía muchos antojos, pedía muchas golosinas, muchas cocacolas,  y por eso te gustaban tanto, yo no tenía para comprarlas pero ahí estaba el patrón, tenía una gran tienda en el pueblo, llegaba quincenalmente a la choza y le contamos de esos antojos. ¡Él nos traía, pue!, religiosamente como buen cristiano, como buen patrón, ¡y naciste!, gracias a él en el hospital del pueblo, entre camas muy blancas que olían a patrón, y así poco a poco se fue adueñando de tu mama y de ti. Yo nunca tuve dinero, un día te cogí en mis brazos y a ella le pedí que me siguiera, pero no, no me siguió se fue hasta el pueblo y me denunció. Aquí pasé una semana contigo hasta que llegó tu mama con el patrón y dos policías, a mi me llevaron para encerrarme, me dijeron que de ese cuarto no me sacarían nunca. Quiero estar junto a mí hijo, les dije, entonces machucaron mi dedo sobre un papel y me dijeron: “Regresa con tu mujer y tu hijo y no vuelvas a escaparte con el niño porque si lo haces te matamos”.

Timoteo empezó a llorar al evocar aquello, en ahogado llanto, quería gritar pero no podía, empezó a lanzar maldiciones entrecortadas, esa quincena, después del funeral se vengaría, se nutrió con esa idea y continuó con el funeral depositando una última y gruesa capa de cal, selló la tumba con anchas piedras, sobre ellas echó tierra, y piedras, y tierra hasta anular la pequeña cueva, y entonces ya, y ahora listo para vengarse,  primero ella y después él, pero él llegó acompañado por su familia, y ella no murió aquella vez, pero ahora sí, ¡y los dos!. Su rostro sonrío mientras el chofer del bus accionaba la bocina. Los dejó bien muertos sobre la cama, pero otro niño tenía la sinvergüenza y otro marido para cuidar las ovejas del patrón, ¿será del nuevo pastor o del comerciante ese?, no importa, lo importante es que el niño vive, tiene que vivir porque es niño, los que podían matarlo ya están bien muertos. Ya sé, culparán al nuevo pastor la muerte de los sinvergüenzas, pero para eso estoy vivo, confesaré todo, y ese infortunado hombre que ocupó mi lugar podrá ser feliz junto a ese alegre niño, tan alegre y conversador como mi Timotito, corriendo por la vuelta de la laguna con esa cocacola en la mano. Hubiera sido el último día de su vida si yo no llegaba, pobre niño, le di las siete botellas de las ocho que llevaba para la tumba de mi hijo, una por cada añito que tenía. Y le dio al pequeño las siete botellas mientras el hombre que pastoreaba el ganado estaba arriba, observando todo, con un cuchillo en la mano y detrás de esa misma piedra que antes observaba Timoteo, sudando frío y lleno de rabia por la impotencia de su pobreza.


El bus se detuvo bruscamente, luego de la bocina, y con el motor en neutro el chofer aceleró escandalosamente, conforme acostumbraba hacerlo frente a esa casita al filo de la carretera donde siempre se estacionaba un momento, la casita aquella en la que una agraciada mujer expendía lo más indispensable para comer y apagar la sed. Timoteo habló protestando por aquella maniobra:

–¡La putasumadre! –así dijo, por primera vez, se lo había aprendido en el penal.
–¡Mí tío cocacolas! –se escuchó a todo pulmón la voz de un niño.

Timoteo tropezó con la mirada de ese niño tan alegre y conversador como su Timotito, iba en el mismo bus junto a su padre, el pastor aquel que ocupó el lugar de Timoteo y ahora se marchaba a la costa en busca de un nuevo empleo, y como si previamente se hubiesen puesto de acuerdo los tres bajaron del bus por un momento. ¡Y ahí estaba él con el celular pegado a la oreja!, con la camisa deliberadamente desabotonada para que se notara el imponente y peculiar crucifijo de oro, y además el rutilante revólver en su cintura con las SS del clan, claro que era él. ¡Es Pablo!, pensó Timoteo, ¡no puede ser!, ¿estoy o estuve soñando?, pero, no era sueño, era Pablo Centurión el chacotero gordiflón, ahora elegantemente vestido, que había estacionado su tremenda camioneta en aquella estación para depositar un paquete, y luego que lo hizo reconoció a Timoteo y nerviosamente eludió su mirada para subir a su camioneta y arrancar.

– ¡Mujer venga la muerte de su hijo seduciendo a su victimario patrón! –exclamó el escandaloso chofer del bus leyendo en muy alta voz un diario que le acababa de entregar la mujer de esa casita –, le clava el puñal por la espalda mientras lo tiene encima, luego ella se clava otro y para asegurase traga veneno con cocacola. La heroína venga de esta manera la muerte de su pequeño hijo que ocho años atrás fue envenenado por su patrón. A una semana del incidente las madres de todo el país se han convocado en la Plaza Mayor de Lima para pedir al Gobierno se declare madre heroica de todas las madres a Timorata Ponte Piccho y se erija  un monumento en su memoria....

El bus reinició el descenso y Timoteo, muy ensimismado, tratando de ignorar esa noticia y con la mirada perdida en la triangulada ladera, recordaba su primer crimen, el paquete con la pasta y los billetes, el revólver, el crucifijo y la potente linterna, y aquel hombre que maté no era tan pequeño ni tan gordo como éste, era estirado y desinflado, pero con buena ropa como éste, y éste llevaba entonces ropa de pobre,  ¿pero qué pudo haber pasado aquella noche si yo no estaba dormido y él sí?. 


Publicado el 13 de octubre de 2012 en la revista:

El último afán

Es ella otra vez, como ayer, como anteayer y como toda la semana, una semana ya, sólo que ayer no tenía esas manguerillas asidas a las narices. Ahí está, pegada al cristal de la ventana, su mirada se dirige al este, hace caso omiso a las celadoras de cama de hospital, luego baja la mirada y observa la vía congestionada de vehículos, la avenida Salaverry en Jesús María. Creyó que ayer saldría del nosocomio, se preparó para salir pero no pudo, su cuerpo no respondía, se desvanecía. Anteayer estuvo mejor y también creyó que saldría de ahí, pero no pudo, su cuerpo se desvanecía menos que ayer y creyó que debería ponerse mejor para salir y por eso espero al día de ayer, y no pudo, y esperó para hoy pero tampoco puede, está peor, y con manguerillas, todo está perdido. Pero saldrá, es su afán, conoce el hospital de memoria, como cualquier jubilado.


Sale de ahí sin manguerillas, caminando en retroceso, inicialmente los pies se le pegan al piso, luego se le van aliviando, va por el pasadizo, el ascensor se abre, se cierra, ella desciende, se abre nuevamente. Ella pasa entre el gentío, todos se apartan, jamás han visto caminar a una mujer de tal manera, sonríe mientras se desplaza por Rebagliati hasta la esquina.  El mismo bus que la llevó está estacionado en la  avenida Salaverry, justo en la esquina, le resulta difícil subir de espaldas, pero lo logra, su deseo de vivir es más fuerte que la buena voluntad de la buena mujer que quiere llevarla al hospital, una semana ya que la llevaba, entonces la buena mujer iba tranquila, ahora la buena samaritana regresa con pesadumbre porque ella no quiere quedarse en el hospital.

Le resulta muy pesado volver a casa de retroceso, pero la casa es la casa, la casa es la vida y en la casa la muerte es dulce. Y llega a la esquina de la casa, con el bus en retroceso, y ella se baja caminando con la espalda por delante, y a medida que avanza el cuerpo se le sutiliza, va caminando a la gloria, segura que la encontrará. La mujer que le acompaña voltea y la abandona en la misma puerta de la vieja casona, ahora infernalmente convertida en tugurio albergando a mucha gente. Ingresa hasta su habitación en el segundo piso, en el barrio Rímac, al costado del río, muy cerca de Palacio de Gobierno, un puente y una cuadra los aparta, se vuelve y queda frente a frente con la cerradura de la carcomida puerta; penetra la llave, cruje el madero entre telarañas y polvo, flamean las blanquisucias cortinas, y por fin.


Se siente libre y como volando ingresa al dormitorio, se sienta en la cama, chirrían resortes, jala la gaveta del velador y extrae un diario amarillento, su propio diario, lo abre sobre la mesita caoba.

“¡Oh!, diario, tú que sabrás de mí mucho más de lo que yo de ti, guarda todo lo que te entregue que será lo mucho que yo tenga. Porque a tus páginas llegue mi canto y que ellas sequen mi llanto o se llenen de encanto cuando una tenue sonrisa a mi rostro aparezca. Porque tus renglones sean mi cause de amor y aunque muerda el dolor no me aparten de él. Y si alguna vez el destino de mí te arrancare y el insensato a la basura te arrojare, escaparás de ahí porque tienes vida,  la vida que yo te entregaré. Nací con efímera primavera una tarde de otoño, no importa de quién pero nací, me sorprendió el invierno y ahora que siento caluroso verano y cumplo 15, te tengo a ti. ¡Te amo! ”.


Lo ojea, hoja por hoja, entre páginas hay pétalos y flores finamente disecados, se detiene entre páginas, 5 del día 13 del mes 12, ahí una flor de higuera y foto a todo color en el restaurante El Cordano, al costado de Palacio de Gobierno, muchos rostros femeninos alegres sólo el de ella disimuladamente alegre. Tiene 55 años, es un agasajo porque se ha jubilado del empleo, empleo que no quería dejar porque en algo aliviaba su pesar. Ya no es la mujer más bella de Correos y Telégrafos por dentro y por fuera, ya no, sólo por dentro.


El diario tiene codificados los días de la semana del 1 al 7, no dice lunes, dice 1, no dice domingo, dice 7. Se detiene en el 7 del día 7 del mes 7, es una codificación personalizada, algo fuera de lo común quería hacer cuando niña e hizo un diario de vida cuando cumplió 15. Ahí junto a un pétalo de rosa roja una fotografía carné en habano, la coge delicadamente, sonríe llena de felicidad, y la besa como aquella vez. Es el primer beso que dio aquella tarde, mientras la brisa del río, en el puente Rimac, antes que él partiera rumbo a las minas de la Cerro de Pasco Corporation. Partió en tren, al siguiente día, desde la misma Estación de Desamparados rumbo a su prometedor empleo como geólogo y no volvió jamás, murió por Satipo, Junín, en una juerga de fin de semana, dijo la madre de ella. Fue el primer beso sabor a suspiro limeño, de esos suspiros que ella muy bien sabía preparar, el primer beso que dio y recibió mientras su cuerpo hormigueaba ávida, ella, de caricias y lujuria, porqué no, pero él la apartó porque la quería pura para la noche de bodas. Era el único hombre a quien se entregaría pasara lo que pasara. Pegada a la foto se siente en la gloria.


Era la mujer más bella de Correos y Telégrafos, la más bella del centro de Lima y de todo Lima y más, bella como bello su proceder, aunque empleada nada más, pero al fin empleada para distinguirse de las obreras.

Sigue ojeando las hojas del diario y encuentra a su madre en cuerpo entero y en sepia junto a una flor de cardo, su cuerpo se hace pesado, se resiste a caminar al pasado. No supo bien de su padre, el francés Leclerc de penetrante mirada azul que atrapó a su madre. ¡El gringo Leclere!, el que solía repetir que serrano era sinónimo de sumisión y de atraso, por cuanto no se explicaba el porqué de una raza dueña de incalculable riqueza y que, sin embargo, adormitaba terriblemente pobre y al servicio de sus saqueadores. Murió por borracho, repetía su madre. Leclerc, un experto fundidor de oro en La Oroya que de un día para otro resultó con la piel exfoliándose por los efectos de los reactivos que utilizaba en su rentable oficio, y por eso su madre se alejó de él, mejor dicho, ¡lo alejó!, le causaba repugnancia y vómitos cuando se le acercaba. Soriasis, diagnosticaron los médicos, Leclerc, decepcionado, se suicidó en La Oroya con una solución saturada de whisky y cianuro sin que ella, su hija, lo supiera, ya muerto se lo llevaron a Francia.


Difícilmente su pensamiento llega hasta el joven aquel, su padre, tan apuesto como su prometido el de la foto en habano. Inicia un canto, yaraví, dolorosamente triste, “Se fue mi amante por las montañas...”, ella tiene 18 y él 24, coloca la foto dentro de sus senos, se arrodilla cantando con la mirada fija en la ventana oriental de su sepulcral habitación, “Se fue mi amante por las montañas bajó a Satipo y ahí murió...”. Estruja la foto sepia de su madre, la escupe y la tira por la ventana.


Era la mujer más bella de Correos y Telégrafos, la única hija de la maestra de escuela en la metalurgia La Oroya y del gringo Leclere, vivía en esa casona que compró su padre y la legó íntegramente para ella antes de morir, y desde allí, todas las mañanas caminaba cruzando el puente hasta las oficinas de Correos y Telégrafos al costado de Palacio de Gobierno. La maestra era limeña piel canela de pura cepa, de Barrios Altos, a unas cuadras de la casa de los Prado, era maestra de escuela, pero llevaba el cuello bien estirado para que su mirada no tropezara con las de sus alumnos, y por eso dejó de trabajar luego que se unió de hecho con Leclerc. Después de la muerte de Lecrec la maestra se vio en apuros para seguir viviendo como había vivido, puso la mayoría de las habitaciones de la señorial casa en alquiler, y hasta ella se alquilaría de ser necesario, y fue un oficinista de Palacio de Gobierno, que entonces alquilaba una habitación ahí, que se compadeció de la hija de la maestra y del gringo Leclere y le consiguió un empleo en Correos y Telégrafos. El enamorado de ella era de Huancayo, serrano mal hablado, de qué vale que sea ingeniero, le repetía la madre maestra, serrano apestando a chuño y zapateando huaynos, ¡quí puis vaser tu marío!.


Estruja la foto sepia de su madre, la escupe y la tira por la ventana, “que el diablo la tenga a su lado”. Inicia una danza, mezcla de todas las danzas folklóricas peruanas, y baila hasta quedar exhausta, y canta el penoso yaraví  “Corazón en bandolera partió mi amante, se fue mi amante por las montañas, bajó a Satipo, lo acribillaron y ahí murió, y ahí murió y ahí murió...”. ¿No fue la malaria?, no, lo acribillaron a balazos por hablar de revolución. Extenuada por la fatiga cae sobre el velador y el diario se estrella en el piso de madera. Fotos y flores en el piso opaco olor a petróleo, sobresale una foto en sepia pegada a una flor de lirio, la del gringo Leclere con ella muy niña en beso paternal en el patio de la casona junto a la pileta de mármol. Su mente se confunde, le llega intermitente la figura del ogro escamoso a veces rojizo y otras violeta genciana, eso decía su madre, el gringo Leclere era el ogro luego que fue atacado por la soriasis. Entre el ogro y Leclerc aparece su madre obligándola a comer: ¡Come, maldita!, ¿o llamo al ogro?.


La orden le produce vómitos, arroja toda la bazofia a la misma cara de la celadora de hospital, para ella la cara de su madre, la anciana se desploma, cae pesadamente al piso, fuera de la cama de hospital, el cuerpo convulsiona y expira feliz. Es ella, sencillamente ella, la mujer más hermosa por dentro y por fuera.


sábado, 20 de enero de 2018

Historia de Chupas (Caricatura)


Amadito, desde niño, vivía en Lima, y acababa de descubrir que su apellido estaba ligado a la gramínea del mismo nombre de la cual por fermentación y destilación se obtiene el whisky, y se sintió extranjero, ¡a mucho orgullo!, y qué, si tal bebida es propia de gente adinerada y no de cualquier cholito mugriento del lugar donde había nacido.

Y llegó a la conclusión de que en ese pueblo había vivido su tatarabuelo de apellido Centeno, descendiente directo del conquistador Diego Centeno, cuyo nombre lo deduciría escarbando en los nombres de sus ancestros. Él se llamaba Amado, su padre se llamaba Venturo, su abuelo paterno, Amado, y su bisabuelo en la misma línea, Venturo, y ahí nomás llegó porque no había más registros de sus antepasados. Y concluyó, sin escarbar mucho, que uno de los hombres importantes del pueblo fue su tatarabuelo Amado Centeno. Amadito se puso contento y lo escribió porque venía escribiendo la historia del pueblo para presentarla al concurso convocado por el alcalde de turno, y para enriquecer lo que ya tenía escrito tuvo que viajar desde Lima hasta el pueblo. Pero, cuál era el apellido materno de Amado Centeno, mi tatarabuelo, se preguntó, y le vino la nostalgia por la raza inca de “a mucho orgullo”, porque él es tan parecido a los aborígenes como a los europeos, tal como lo es el cereal, tan parecido al trigo como a la cebada, y tuvo que inventar un orgulloso apellido nativo: Alpacaguanga.
Así que, escribió que don Amado Centeno Alpacaguanga fue hijo de don Venturo Centeno, un emprendedor que se estableció en el pueblo treinta años después de la independencia nacional con el propósito de sembrar la gramínea que llevaba su apellido, y como objetivo final, instalar una destilería para obtener el codiciado whisky. De ahí que, para no entrar en contradicción con Sancruz, un historiador aficionado y residente en el lugar, Amado Centeno acopló la conclusión de su investigación al nombre etimológico del pueblo de Chupas según Sancruz. Y es que, como suelen decir los reporteros periodísticos, “y es que” Santiago Contreras Cruzado, más conocido como Sancruz, ya había escrito la historia de su pueblo sin ánimos de ganar concurso alguno porque ya tenía bien ganado el desprestigio de sus escritos por sus propios paisanos. Según Sancruz, etimológicamente, Chupas deriva del verbo chupar, chupar licor y chupar sangre, sangre de pueblo ignorante, eso tenía y tiene escrito como inicio de su historia. Sí, pero no chupar cualquier licor, ¡chupar whisky del viejo centeno!, comentó Amadito.

Pero, el aficionado y afamado historiador Amado Centeno y Pariona, que no tenía la “y” en el apellido cuando nació pero la agregó cuando se aristocratizó y se hizo de reconocido prestigio en la aristocracia pueblerina chapreada por el mundo, estaba convencido que su trabajo tendría que poner a Chupas en la cúspide de todas las historias de los pueblos, “y es que” siendo como fue, Vaca de Castro derrotó a Diego de Almagro el Mozo en la batalla de Chupas, mejor dicho aquí, el 16 de septiembre de 1542, ¿o estoy equivocado?. Y encontró en el pueblo un sobreviviente de apellido Pizarro, entonces escribió que Francisco Pizarro, el conquistador, a su paso por Chupas contrajo matrimonio con una bella doncella hija del cacique Alpacaguanga, con la que tuvo una hija que desde niña sentó residencia en España. En seguida se examinó que era valiente, ¡tan valiente que daría la vida por el prestigio de su pueblo!, y escribió que los españoles exterminaron a los aguerridos habitantes de Chupas, justamente por valientes, que de no haber sido así el pueblo estaría habitado por hablantes del quichua, un idioma desconocido en el lugar pero que dejó evidencia de su existencia perpetuándose en el nombre del barrio más popular del pueblo, el barrio Quichuas. ¡Y se sintió aguerrido!, dejó de escribir, se enderezó, hinchó el pecho y agitó los puños en alto.

Y en afán de enriquecer su tratado histórico fue comparando palabras de uso popular, así encontró que huasca significaba y significa borrachera, y eso estaba de acuerdo con el origen del nombre del pueblo según Sancruz, felizmente, para no entrar en discusión con él. Pero no estaba de acuerdo con la manera grotesca con que éste lo suele explicar, porque Sancruz, además, reitera que Chupas está poblado por mujeres predispuestas a chismear y por hombres cortos en ideas y palabras que precisan de licor para poder exteriorizar estupideces. Y sí, está de acuerdo con la inspiración del difunto poeta Eufemio Malpartida “Es balcón de cultísimos bohemios inspirados por el colorido paisaje y las bellas y aristocráticas mujeres del sacrosanto pueblo”.

Pero, para Amadito, huasca también tenía otro significado, huasca podría ser, se decía mientras escribía, podría ser Huáscar. Claro, eso es, entonces por aquí estuvo Huáscar, el soberano inca, claro, eso, y allá, en el límite del pueblo, hay un río que se llama Andahuasca, eso quiere decir que ese río en un inicio se llamaba Andamarca, en Andamarca mataron a Huáscar, lo escribioré.


Y ahora sí, Amadito, erudito, convincente, elegante y conmovedor, iba logrando con agudo intelecto la historia de su pueblo lento. Y encontró en medio de un amarillento libro, mientras oteaba en la polvorienta biblioteca municipal, encontró lo que se llama un escudo de armas que motivó su atención, y sin más ni nada se presentó al Alcalde con el hallazgo y el Alcalde, sin pensarlo dos veces, lo oficializó como escudo del pueblo. La alegría de Amadito era evidente porque fue él quien lo descubrió, pero, ni él ni el Alcalde, ni los notables aristócratas pueblerinos sabían que tal escudo pertenecía a la Primera República Española.

–Estoy en Chupas, mi pueblo natal, ¡escribiendo su historia! –dijo Amado Centeno y Pariona, contestando el celular.
–Y dónde queda eso –preguntó la voz.
Y contestó leyendo lo que había escrito, nada más que la copia de un antiguo libro de geografía de propiedad y no de autoría de Sancruz:

“Esta provincia está a levante de Lima y de las costas del mar pacífico del sur, entre las provincias de Huamachuco y los contornos de la ciudad de Huánuco. Aunque más cercanos a la costa están sus pueblos en la sierra, y con caer debajo de la tórrida zona en nueve grados al trópico de Capricornio, conserva montes de nieve y promontorios altísimos de hielo. Pasa la cordillera que atraviesa el Perú norte sur por su provincia y otra pasando el pueblo de Recuay que siempre está nevada. Los altos en los montes son rígidos, insufribles y destemplados. El aire ambiente pasa los cuerpos y hace desabrida la habitación. Entre laderas, ancones y tierra baja hay huertas, sembrados legumbres y florestas. Lo alto aflige y lo inferior recrea; atraviesan esta provincia grandes ríos, y muchos montes crían fina plata, unos en más seguidas vetas y otros en algunas bolsas. Beneficiando están algunos cerros, sobra la riqueza en los metales; y porque faltan indios en los pueblos, ni enriquecen los dueños, ni se aumentan los primeros ingenios”.

Amadito, orgulloso terminó de informar, ¡aló?, pero la voz de su amigo al otro lado ya se había ido.

La historia que Amado centeno venía escribiendo aún estaba pobre a su entender, y pobre y equivocada al entender de Sancruz, el Chupas en el que fue derrotado Diego de Almagro el Mozo no era el Chupas motivo de la historia del concurso.
Quién más de los personajes históricos pudo haber llegado por Chupas, quién más pue, agregó Sancruz, sino los expansionistas e imperialistas incas que no descansaban si no sometían, quién más sino los convertidores de solanos en cristianos que no comían si no bautizaban, los padres Agustinos y Jesuitas y alguien que todavía no era santo pero ahora se le conoce como San Toribio de Mogrovejo, él en cumplimiento de su misión al servicio de la colonización; pero también otros llamados libertadores, patriotas y políticos embaucadores, científicos y soñadores, y alguien más que por accidente pudo haber llegado por aquí.
¿Científicos?, ¡científicos!, claro, pues, tienes razón, ¡Raymondi!, Antonio Raymondi, Antúnez de Mayolo, cómo no me había acordado. ¡Ah!, y mucho más antes, Pachacutec y su hijo, Huáscar y Atahualpa, el camino del inca pasa por el pueblo. Y después San Martín y Bolívar, Castilla, Cáceres, Leoncio prado. Castilla creó la provincia. Y también pasó por aquí el que descubrió Machu Piccho, por dónde más. Julio C. Tello tuvo que haber pasado por aquí. Garcilaso de la Vega el Inca, Luis Eduardo Valcárcel y Vizcarra, Luis Alberto Sánchez, Javier Prado y Ugarteche, entre otros historiadores, sino cómo pudieron escribir la historia del Perú. ¡Pucha!, ¡eureka!, qué patrimonio histórico tan rico tiene mi pueblo, sólo tengo que escribirlo. ¡Y Dios!, pue, Amadito, te estás olvidando que este pueblo es el cielo, eso cantan en la fiesta patronal.

Cada vez que se encontraban, amadito y Sancruz, hablaban al respecto “y es que” Amadito y Sancruz, finalistas como cuarentones, no eran tan amigos, aunque para los demás parecían serlo, y no sólo amigos, también parientes, eso sí, porque la mamá de Amadito era la tía de la prima del primo hermano de Sancruz. Uno era refinado hipocritón y el otro burlón, uno había estudiado en Lima y el otro en el mismo pueblo. Amadito conducía un programa cultural de radio en la misma capital de la república y Sancruz una piara de burros en el pueblo. Y había otro que se perfilaba para el concurso, ni refinado ni hipocritón, ni irónico ni nada, más bien cojudón, un lugareño llamado Jhony Huanga de pésimo rendimiento académico que se enganchó como profesor de historia en el colegio del lugar ni bien terminó la secundaria ahí mismo, y concluyó sus estudios superiores en la universidad particular Los Santos, ahora elaboraba su trabajo desde el mismo concepto de historia dividiéndola en periodos, periodo prehispánico, periodo colonial, periodo republicano, periodo contemporáneo. Qué, ¿sí?, ¡mierda!, el ¡acabose!.

Por su parte, el Alcalde, había buscado en la misma universidad un jurado calificador altamente conocedor de la historia del Perú. El concurso estaba muy sonado, con carteles alusivos por doquier, y el premio pecuniario ascendía a cinco mil soles, la décima parte de lo que cobraba el ilustre jurado integrado por cinco profesionales de primera categoría. Y Jhony Huanga, apenas se enteró, fue a buscar a uno de los miembros del ilustre jurado que él muy bien conocía, para que lo asesorara en la construcción de su historia.

Lo que importa es la calidad del trabajo y no el dinero, dijo Amadito que ya se había medido a su manera con su competidor y concluyó que tenía todas las de ganar.  Y se acordó que en la vieja casona de su tía, donde estaba hospedado, había muchas cosas antiguas que podrían servirle de mucho en lo que estaba haciendo. Preguntó por ellas, era niño aun cuando las vio, le dijeron que se encontraban en el terrado, un oscuro compartimiento bajo el tejado que también llaman guardapolvo. Así que, subió y se internó admirándolas, encontró una vieja espada, la espada de los conquistadores, la que su tía prestaba a los que escenificaban en cada fiesta patronal el apresamiento y muerte de Atahualpa; una estampa costumbrista, si no subía me olvidaba, ¡caramba!. Y esa montura con dos cuernos que está colgada, ya, ya me acordé, decía mi abuela que la usaban las damas antiguas y elegantes, ¡pucha!, ¿no sería de Manuelita Sáenz?, así no haya sido desde ahora será. Se pasó todo el día en el tétrico terrado, y por la tarde, agotado ya, tropezó con una bacinilla de arcilla que por el impacto se rompió, amadito la miró con perdida esperanza, quizá pudo haberla usado Pizarro, quizá Bolívar, quizás, pero, cómo…, no había forma de reconstruirla. Bajó del terrado cabizbajo y hecho un asco, mas, luego se sintió feliz por todo lo que había encontrado. Y por la noche, feliz se quedó dormido.


Soñó que el pueblo estaba alborotado y lleno de pánico porque estaban a llegar los conquistadores españoles, de pronto llegó Atahualpa en su litera de oro sobre los hombros de cuatro escuálidos guerreros, lo depositaron en el centro del cuadrado de la Plaza y aterrizó un cóndor frente a él. De cada esquina emergió un adivino de la corte imperial y condujeron al ave hasta la esquina de la Iglesia católica, cóndor y adivinos se pusieron a danzar aceleradamente en cuanto llegaban los conquistadores. “Los cuatro suyos, ¡chesumadre!, ¡carajo!, falta el mío”, deliró entre sueños. Del campanario emergió una cabeza con cuello de serpiente, la cabeza del Alcalde, ¿el tuyo?, el tuyo lo tendrás si ganas el concurso. Los conquistadores retrocedieron por el embrujo de los desesperados danzantes y los adivinos condujeron al cóndor hasta la otra esquina para danzar en ella antes que los conquistadores los burlaran. Y así en las cuatro esquinas hasta que la perseverancia de los intrépidos conquistadores se impuso, y llegaron hasta el centro de la Plaza con un toro por delante para apresar al Inca, y después que lo apresaron y ejecutaron el toro se convirtió en un monstruo danzante, un toro con dos patas,  cabeza y cuerpo de toro con patas de hombre. Los adivinos se aproximaron a él y continuaron la danza por el perímetro de la Plaza festejando la muerte de Atahualpa, mientras los escuálidos guerreros incas, con pasos tristes y cansados, sacaban de la Iglesia en andas una escultura de Sanseacabó. Pizarro emergió de la procesión, desenvainó su espada y la clavó en el pecho de Amadito, ¡Soy español!, gritó el victimado y despertó lleno de miedo para quedarse sentado en la cama y sin dormir hasta el amanecer. ¡Pucha!, parece que las estampas costumbristas no me dejarán dormir mientras no las registre en la historia que estoy escribiendo, tengo que ocuparme de los españoles y del suplicio de Atahualpa, de los indios danzarines, del oso bailador, de los reyes moros, del toro con patas de hombre, de los viejitos de navidad, y tantos otros festejos más que podrían haber. ¡Claro, pues!, la historia de los pueblos la hacen los que investigan y saben escribir.


Mientras tanto Jhony Huanga Chacaltana, el profesor de historia, licenciado, magister y casi doctor, por si acaso, estaba de lo más tranquilo burlándose de Sancruz y Amadito mientras departía con alumnos y colegas, ¡eeesos no saben nada!, ni siquiera tienen título como yo, yo me gané El Nobel para recibirme de licenciado. Claro, pue, a ese tipo lo licenciaron cuando estudiante por lisiado mental.
Me estaba olvidando de la Iglesia católica, musitó Amadito, tiene que ser de arte barroco, no puede ser otro, y si fuera otro podría ser gótico, nada más, yo creo que es barroco por la majestuosidad del altar mayor, los diferentes altares laterales y el púlpito, y se construyó apenas llegaron los conquistadores. ¡Oye!, y los habitantes practican el arte de la chismorrería, y como política, la pendejista. Bueno, eso si no me consta, estimado Sancruz, lo que sí me consta es que se dedican a la agricultura, ganadería y minería. Pero más a la espera de un empleo eventual en el municipio como servidores incondicionales, ¡oye, hombre!.
¡Ah!, y me estoy olvidando de Diego de Almagro el Mozo que fue derrotado por Vaca de Castro en la batalla de Chupas, mejor dicho aquí, ¿o no me estoy olvidando?.

De lo que se estaba olvidando era de cuando llegaban el obispo y los candidatos a diputados por el APRA, las clases se suspendían en los tres únicos centros educativos, inicial, primario y secundario, y los alumnos enfilaban al encuentro de los visitantes, pero se estaba olvidando porque su tío padre era director de la escuela primaria donde estudiaba. El pueblo se vestía de fiesta y desde muy allá, desde las afueras del pueblo, por donde deberían ingresar las eminencias, hasta llegar a la Plaza de Armas, cada cierto trecho en el camino y en las esquinas de las calles, instalaban arcos de triunfo con ramas de cipreses salpicadas con flores naturales de vistosos colores. Y como si fuera poco, una franja central en camino y calles se tapizaba con pétalos de flores formando figuras y palabras alusivas para que pisaran los visitantes que pasaban entre alumnos y gentío formando fila en las orillas. Llegaban a caballo y desmontaban muy próximos al primer arco de triunfo, recibían ramos de flores de manos de las atractivas damas del pueblo mientras el estruendo de cohetes rompía el apacible y azul cielo. Los candidatos ofrecían canales de riego, represas de agua y carretera, se sabían que desde tiempos pasados los ofrecían y nada, de no haber sido por la dictadura de Velasco la carretera no hubiera llegado. Ahora los nuevos candidatos a todo cargo público llegan en camionetas de doble tracción, aún son recibidos con ramos de flores y a veces con un avergonzado arco de triunfo, pero, vivas y cohetes, ahí están, como siempre. Los nuevos candidatos han heredado los ofrecimientos, siguen ofreciendo represas y canales, quizá hasta que llegue una nueva dictadura que mire para abajo. Me veía obligado a besar el tremendo anillo de oro del obispo que llegaba con vestido reluciente al estilo de Atahualpa en la fiesta patronal, llegaba para confirmar bautizados, ¡y qué me quedaba!, si los maestros nos vigilaban reservándose para sí una tremenda reprimenda que la descargarían al siguiente día contra los alumnos desobedientes en plena formación de estilo. ¿Y después qué?. Después los obedientes alumnos me abuchearían arrojándome hasta el margen de lo formal. Berrospi, el persistente candidato a diputado aprista, no me caía en gracia, quizá porque semejaba un paquete atado a un caballo, quizá porque nunca se hizo nada de lo que ofreció, o quizá porque era el tipo más indicado para volcar contra él el resentimiento que yo tenía por haberme visto obligado a rendir cumplidos que no quería hacerlos.

Amadito terminó su trabajo y lo dedicó a su padre y a su único hijo, que felizmente nació hombre como él quería y no tendría más hijos para no complicarse la vida, y lo llamó Amado Venturo Diego. Pero, mi amor, ¿no suena más bonito Diego Amado Venturo?, Diego es el nombre de mi papá, di que sí, mi amor. Qué interesa el sonido, lo que interesa es la importancia. ¡Ay chucha!, esto si no lo esperaba de mi amigo Centeno.
Y llegó el día esperado del concurso público, la banda de músicos se presentó elegantemente frente al municipio y de él salieron, el Alcalde, el ilustre jurado y los notables del pueblo, y con marcha patriota desfilaron por el cuadrilátero de la Plaza, viraron hacia el centro, hasta el desnudo mástil, e izaron el pabellón nacional, y después de la letanía de estilo ingresaron al salón de actos del municipio. Se instalaron en el estrado, el alcalde presidía la reunión, la secretaria distribuyó en sobre cerrado seis ejemplares de cada tratado histórico, uno por cada miembro del jurado, y el otro, ¡lo que usted diga señor Alcalde!, uno para el antedicho.
El maestro de ceremonias presentó al jurado, un historiador, un sociólogo, un antropólogo, un arqueólogo, y uno que no se esperaba, uno que ostentaba un largo cargo de favor: Representante Cultural del Gobierno Regional.
Y después presentó al Alcalde: Acto seguido, hará uso de la palabra nuestro distinguido, filántropo y culto Alcalde…

Señores…, señores…, y señores…, yo el Alcalde…, por eso señores, para que el pueblo tenga su historia es que yo he convocado a un concurso con un jurado de primera clase, que sabe de historia, un jurado culto para un pueblo culto. Yo me he dado cuenta y por eso yo lo he buscado en la misma universidad donde se han recibido los mejores profesionales del país, se lo digo yo. Y que el señor conocido como Sancruz no venga con otra historia, ya que el concurso es público y él no se ha presentado. ¿Sí o no?, señor. Así es señores, ahora lo que diga el jurado yo lo haré respetar sacando la resolución para declarar a la historia ganadora la historia oficial…

¡Uf!, cuánta tortura sufrieron los asistentes escuchando el discurso, hasta que se hizo el sorteo para ver quién de los dos participantes expondría primero, y le tocó al profesor de historia, mientras Amadito emitía una carraspera de tranquilidad y desesperación, tranquilidad por no ser el primero en quemarse, y desesperación porque el que espera se desespera. Y el profesor empezó a leer:

Historia de Chupas.
Concepto de historia universal, dos puntos a parte.
La historia universal es la ciencia que relata los hechos acontecidos en la humanidad desde que apareció el hombre hasta nuestros días.
Concepto de historia del Perú, dos puntos a parte.
La historia del Perú es la ciencia que relata los hechos acontecidos en el Perú, desde la fundación del Imperio Incaico hasta nuestros días.
Concepto de historia de Chupas, dos puntos a parte.
La historia de Chupas es la ciencia que relata los hechos sucedidos en Chupas, desde que se pudo registrar la historia hasta nuestros días.
Periodos de la historia de Chupas, dos puntos a parte.
La historia de Chupas se divide en cuatro periodos, dos puntos a parte.
Periodo prehispánico, periodo colonial, periodo republicano, periodo contemporáneo.
Periodo prehispánico, dos puntos y seguido, sin fuentes históricas confiables.
Periodo colonial, dos puntos y seguido, sin fuentes históricas confiables.
Periodo republicano, dos puntos y seguido, sin fuentes históricas confiables.
Periodo contemporáneo, dos puntos y aparte.

Quiso Dios Todopoderoso que el honorable, culto y hospitalario pueblo de Chupas tuviera su propia historia y mandó al honorable, culto y filántropo señor Maximiliano Cuadrado Chaparro a postular como Alcalde, entonces los habitantes se dieron cuenta de la sabiduría del insigne señor Chaparro y votaron por él, sabiduría que la puso en práctica al convocar a concurso a los más connotados eruditos del país…

El salón de actos reventó en aplausos por contagio después que el profesor de historia terminó de leer su tratado adulador.
Acto seguido, dijo el maestro de ceremonias y asesor de imagen, le toca el turno al laureado escritor Amado Centeno y Pariona, autor de muchos tratados sobre estampas costumbristas y biografías de los gloriosos antepasados chupinos.

¡Bravo!, dijeron todos, mientras aplaudían.

El parsimonioso Centeno, tan indio como español, tan cholo como zambo, tan docto como nadie y tan inocente como los que aplaudían, se paró entre los asistentes, hizo inclinaciones de cabeza en dirección de los cuatro puntos cardinales, y se aproximó al estrado.

Queridos  conciudadanos, chupinenses:
En lontananza, desde el espacio y tiempo histórico en el que nos encontramos, se puede decir que Chupas, antes Andahuasca, fue fundada por el cacique Alpacaguanga, descendiente directo del soberano Inca Huayna Capac. Durante la colonia, el pueblo se llamó San pedro de Chupas. Recibió la categoría de Villa por resolución 583 del 13 de agosto de 1824, por nuestro Excelentísimo Libertador Simón Bolívar, pero la resolución no se firmó ese día, porque Bolívar se enfermó como consecuencia de la Batalla de Junín. El 29 de septiembre de 1856, con resolución 780, se creó el distrito de Chupas, pero la resolución se firmó en enero del siguiente año. En cuanto a la provincia, la provincia de chupas fue creada por resolución 108 del 21 de febrero de 1861, pero la resolución se firmó una semana después, porque nuestro presidente Ramón castilla quedó indispuesto de salud festejando la creación con nuestros connotados paisanos de entonces. Finalmente, Chupas pasó a la categoría de ciudad por resolución 880 del 17 de agosto de 1898, pero la resolución se firmó una semana después…

–¿Y cuando como pueblo cojudo, Amadito?.

Pero amadito siguió ocupándose de la historia que había escrito, a veces leyéndola y otras de memoria. Remarcó el nombre del conquistador Diego Centeno y también de Venturo Centeno, el que llegó al pueblo para obtener whisky y sólo obtuvo descendencia para bailar el huayno ¡whiskete whyshketey!. Al terminar de exponer su historia, Amadito no sólo recibió nutrido aplauso sino vivas y ramos de flores de las damas que lo admiraban por haber escrito sobre la trascendencia de los padres de ellas. El jurado se retiró a deliberar, así lo anunció el maestro de ceremonias, mientras se repartían unas copas de vino entre los asistentes. ¿Y de ahí?, ¡diay qué pue!, yo no entendí nada, después regresaron y el asesor ese de imagen habló:

El honorable y erudito jurado da como ganador de este magno certamen, nada más y nada menos que al ilustre profesor ¡Jhony Huanga Chacaltana!, profesor titulado de historia, y que además ostenta el grado de magister, y como si fuera poco está próximo a recibirse de doctor. El señor Alcalde hará entrega del cheque por cinco mil soles.
Y cuatro hombres llevaron hasta el estrado un cheque en gigante fotografía, mientras los asistentes aplaudían. Antes de entregar el cheque, el Alcalde habló:

Para beneplácito de la distinguida concurrencia y de todos los hijos del pueblo de Chupas, gracias a mí, el pueblo ahora tiene su propia historia. Ustedes han podido ver que ese señor Sancruz quiso malograr el concurso, felizmente se dio cuenta de su error y abandonó la sala. En cuanto al segundo puesto, yo tengo previsto un premio en efectivo para el señor historiador y escritor Amado Centeno y Pariona, para que se vaya contento, porque además él ha contribuido con el escudo oficial del pueblo. Su historia completará la historia del ganador, el jurado y mis asesores acaban de decirme que una historia tiene lo que la otra no tiene...

Jhony, ya cuando empezó la tremenda borrachera histórica, se aproximó a su asesor y miembro del jurado y le entregó dos mil quinientos soles en efectivo, mientras Amado acariciaba su mísera propina de trescientos soles. ¿Chupas o no chupas?. Y desde aquel día, Sancruz lo llamaba Amadito Centeno y Parió Nada de Whisky ni Historia, porque en pueblos como Chupas la historia la escriben los… y la oficializan los…


Pallasca, Ancash, Perú, 2 de enero de 2014.