La literatura se aparta de los lugares comunes

miércoles, 30 de diciembre de 2020

¡Qué miedo!

 
Idiotizado por el amor frustrado, voy por este pueblo marginal de la gran Lima, y unos muchachotes confundidos, menos, tan, o más idiotizados que yo, portando una pancarta de Meza la folklórica pistolera, me rodean, me llaman hermano, ¡hermano mayor!, apresuro el paso y corro para librarme de ellos, y tropiezo con un estrado, sobre él dos chicas pulcramente vestidas y rodeadas de vagabundos, juegan ríen y conversan placenteramente delante de un telón, me invitan a subir y subo persuadido por la hermosura de las mujeres, un vagabundo exclama “¡La función va a empezar!”, tira la pita del telón y, sorpresa, aparece el sótano de la sacristía de mi pueblo, mientras en el tabladillo las chicas y los vagabundos emergen interpretando una danza de Michael Jackson, después del telón las santas esculturas y las momias de los sacerdotes cobran vida y se unen a la danza, y en el fondo oscuro flotan fosforescentes los frescos antiquísimos de la Iglesia, ¡profanación!, digo, exclamando, sin poderme contener, e inmediatamente llega a mí  una de la bellas mujeres y me dice que su amiga me conoce y me ama, “nadie ama a este hombre”, responde un vagabundo, “yo sí”, responde la chica aludida. Y me olvido del espectáculo y de lo que dije. De piel blanca, piernas largas y cabello suelto, la mujer me inspira ternura. Nos miramos y luego nos retiramos a conversar a una maloliente banquilla, la abrazo y la beso pero no con el beso apasionado que quiero darle, algo me impide, ahí dentro mis dientes delanteros postizos se mueven, tengo miedo que caigan en la boca de ella, ¡qué miedo!, ella parece descubrir lo que oculto, y yo no tengo más remedio que confesarle tímidamente mi debilidad. “No es problema”, me dice ella, “mira los míos son todos postizos”, y se quita las dos mandíbulas, ¡que miedo!,  ¡la canción!, está peor que yo; sin embargo ahora la beso apasionadamente, ella está feliz, se le nota en todas sus expresiones, ha encontrado, quizá,  al hombre de su vida, y yo, creo que no, a la mujer. Me lleva a su casa y me presenta a los suyos, el más notorio es su hermano mayor, médico de profesión. Ahora vamos los tres caminando por el arenal, la mujer, el médico y yo; yo estoy incómodo, deseo fumar, cortésmente le ofrezco al médico un cigarrillo, me acepta, pero el saca uno de los suyos, un habano, algo gigante, me dispongo a encender el suyo, una lengua de fuego más larga de la que espero me sale del encendedor, inexplicablemente le daña el traje blanco, ¡qué vergüenza!, pero él no se inmuta, sonríe, bromea, y me lleva a conocer un amigo importante, caminando nos vamos, esquivando a los perros de los vecinos sembrados en la calle, los perros nos atacan, el médico se aleja jalando a su hermana, ¡qué miedo!, me defiendo, un perro enano es el más agresivo, lo tomo por las mandíbulas, las abro suspendiendo al animal y con él me defiendo de los demás. El médico, ni el rastro, desapareció, pero la hermana ahí aparece, inexplicablemente, junto a mí. ¡Nos despedimos!. Sigo avanzando y tropiezo con una morena alta, nos miramos con ternura y conversamos de muchas cosas de la vida, encumbrada ella en su profesión, me dice que labora en una financiera local, me lleva con ella hasta su lujoso departamento y me invita a pernoctar en el sofá, acepto, convenimos en visitar mañana a sus padres, me presentará como su prometido.  Pienso toda la noche en ella, ¡mejor que la otra!, concluyo, ahora decido por ella. Amanece, espero que salga de su dormitorio, sale elegantemente vestida, pero, ¿qué pasa?, ¿durante la noche le ha crecido una barbilla?, reacciono ante la sorpresa, ¡qué miedo!, ¿se afeitará?, quiero escapar de ella, pero algo me dice muy dentro de mí que no es justo hacerlo, tengo que cumplir, debo cumplir con mi palabra empeñada, mi promesa de amor, mi solvencia moral, lo único que no podrán quitarme. Dejamos el departamento atrás, vamos caminando, una cuadra ya, ingresamos a una deteriorada casa, una señora gorda está sentada al costado de una vieja estufa, la morena se dirige a ella y me presenta como su esposo, y dirigiéndose a mí me hace saber que la gorda es su madre , la gorda, lejos de alegrarse por la noticia, me mira con cierto desprecio de pies a cabeza, y agrega,  “¿con este viejo?, no lo creo, con este  ya nadie se casa”, repentinamente la morena se pega a mí, se cuelga de mi nuca y me besa, ¡aggggh! el beso sabe a cerveza rancia y trasciende a sexo macerado, me vienen arcadas, se me sale el estómago por la boca,  es demasiado, ¡car...!, debo escapar, salgo huyendo aturdidamente de la casa con el estómago afuera, la gorda me echa encima una manada de perros, me lleno de un indescriptible miedo, pero, no obstante este miedo, busco afanosamente una fuente de agua para lavar mi estómago, inexplicablemente una bellísima mujer de trato fino me toma de la mano y me introduce en su casa, alista el baño y me hace ingresar en él mientras ella espera en la sala, me siento seguro, me lavo completamente y trasciendo deliciosamente aromatizado, y repentinamente me perturba una voz varonil, en la sala, que dispara una ráfaga de insultos contra la bella mujer, inmediatamente salgo dispuesto a defenderla, él tipo la tiene sometida a golpes, me cargo de energía, ahí voy ¡perro asqueroso!, cojo el candelabro de bronce para estrellarlo en la nuca, alguien me lo impide, me toma por la mano que sujeta el candelabro, ¡es mi padre!, sale volando por la ventana y yo tras él, nos elevamos más y más, ¡qué sensación!, es placentero volar sin alas, digo, pero, estoy completamente desnudo, ¡olvidé mi ropa en el baño!, ¡y unas monedas!, ¡y mis documentos!, miro con pena hacia abajo y desciendo en caída libre, ¡me desespero!, ahí abajo, en el centro de lima, colmenas de vehículos, calles barbechadas, de orina y basura coronadas, azoteas abarrotadas, me esperan, me esfuerzo por caer un poco más allá y lo logro, ahí está el Campo de Marte,
¡sorpresa!, están en desfile militar, ahí el presidente monumentalmente de pie, y la Mechita la muy de hierro, y Jorgecito el muy leal, ¡y mi familia en primera fila, mirando el cortejo!... ¡laca...!. Jorgecito exclama: ¡Misil, misil cubano!, mi familia se agacha talvez por lo desnudo que estoy o talvez porque creen lo de Jorgecito, pero qué..., se escucha un estruendo ensordecedor, me han descargado todas sus baterías, el ejército ha logrado liberar su frustración de años, gracias a la miopía de Jorgecito, ¡laca...!, me estoy muriendo, la sangre se me escapa a chorros y me invade un frío glacial, siento miedo el indescriptible miedo que infunde la muerte, debo esforzarme por vivir, no, no, no debo morir, pienso, si muero el ejército al fin habrá ganado una guerra. ¡Cara...!,
  parece que me jodieron porque  festejan  “¡Viva el Perú, viva la Patria!”, me cortaron la posibilidad de yo joder para festejar. Me desespero, no me veo ni me toco. Impotente y aturdidamente grito... y, por fin, me afirmo asustado en mi cama, y un gallo canta, y mi vecino Sumarán se desata rajando su leña. Tomo la linterna de mano y, las frazadas en el piso, cuatro de la madrugada. Confundido, desesperado busco mi pantalón, aquí está, ¿la secretera?, felizmente, ¡caramba!, aquí está: uno, dos tres, cuatro, cinco soles. Un día más de vida, pienso, y suspiro aliviado.

 


Lima, año 2009.

La venganza de Sixta

 
Cada mañana, muy temprano, Sixta llegaba hasta el tendedero y colgaba una prenda de vestir, así tan rápido, tan pronto la terminaba de lavar.

En aquel populoso barrio de la gran Lima, la precaria casa se ubicaba en la parte más saliente de la inclinada hondonada. Indiscretamente el tendedero estaba en la azotea de la vivienda, de tal manera que toda la vecindad centraba su atención en lo que sucedía en aquella azotea.

El marido de Sixta era un albañil, un marido bien macho, de esos machos que de su mujer piden a gritos la comida y ropa que se les antoja, y además con un ¡carajo! como arenga, que si lograba un grito seguido de varios carajos, más macho se sentía, como que se llamaba Tenorio. Pero éste era un Tenorio de aldea serrana que llegó hasta un barrio marginal de la gran ciudad y ahí tomó conocimiento que para tener vivienda propia había que agruparse con muchos marginales e invadir terrenos eriazos al este, norte o sur. Y se asoció y buscaron al norte. Plantó su estera y luego buscó mujer sin serenatas, sin ramos de flores, sin versos ni nada, sólo la tumbó a la prepo y luego se hizo albañil por casualidad. Y así, con los excedentes de los materiales que obtenía por trabajar en otras construcciones, fue construyendo su propia vivienda con su mujer como ayudante. Y cuando terminó de construirla hizo el amor con ella en todos los rincones y en todos los ambientes, hasta en la azotea, al mismo filo de ella para que pudiesen verlos todos los del barrio que aún vivían dentro de esteras, y repetía la práctica en la azotea cada vez que se le antojaba. Claro que, Sixta se oponía a esta práctica pero él amenazaba, que si no me haces donde yo quiero traigo a la otra, hay tantas que me buscan que ya quisieran tener esta casa. Y a la desdichada Sixta no le quedaba más que acceder a los requerimientos del marido.

Tenorio era joven, ingresaba para los treinta, trabajaba para otros empresarios que brindaban servicios de construcción a los diferentes municipios de la metrópoli, uno de esos empresarios quiso estimularlo y lo matriculó en un curso para constructores. En ese curso el principal expositor era un completo admirador de Miguel Ángel Cornejo, lo admiraba ¡hasta el fanatismo!, que sus exposiciones consistían en colocar el vídeo del susodicho una y otra vez, mientras la semana del curso, hasta que Tenorio entendió que el único requisito para hacerse empresario era el hambre, y a la sazón se dijo “vaya, sin darme cuenta yo hace tiempo soy empresario”. Y para sentirse como sus ocasionales jefes fue a buscar al alcalde de su distrito y le ofreció sus servicios, el burgomaestre le encomendó la construcción de un escalón de concreto por un monto sobrevaluado a su propio favor. Qué fácil le resultó, el mismo alcalde le constituyó la empresa constructora, Tenorio dejó de ser un simple obrero y empezó a trabajar por su cuenta. Se compró una camioneta 4X4, eso sí, cómo no, ¡entonces el tiempo le faltaba y el dinero le sobraba!. El tiempo le faltaba porque incursionó como conquistador de muchachas desocupadas y necesitadas, y como el tiempo le faltaba para dedicarse a su propia casa y a su propia mujer, Sixta, aburrida por los malos tratos de su jactancioso marido había planeado vengarse y por eso colgaba cada día muy temprano una prenda íntima en el tendedero. Hasta que un día uno de sus vecinos, apostado en las cuatro esteras de su vivienda, tímidamente le dijo a Sixta:

 

–Ve, ve Vecina, que qué buenos gustos tiene usted.

 

Y Sixta muy suelta le contestó:

 

–¡Espéreme un momento!.

 

Descolgó la prenda y la arrojó al vecino, el vecino la cogió y la besó, y ella le dijo “ahí en el orillo está el número de mi celular”. Y desde aquel día el vecino y la vecina hacían el amor por celular. Pero Sixta seguía con su práctica de tender una prenda, y así otros vecinos la requerían telefónicamente hasta que se extendió la fama de la mujer por todo el barrio, y más aún. ¿Y quién así de pobre como el afortunado vecino no quisiera requerir a una mujer con fama de pituca de barrio?, la única con vivienda de ladrillos, y además, con marido empresario.

 

Sixta se dio cuenta que debería cobrar por las llamadas y fue a la empresa de teléfonos para firmar un contrato, y después de ensayar múltiples voces se preparó para contestar las diferentes llamadas. Pasó de tímida mujer a osada fémina capaz de excitar al más frío de los hombres, a tal punto que le llegó a gustar su nueva y casual ocupación, ¡y muy bien!, porque además recibía dinero por lo que le gustaba hacer. El hambre de venganza la llevó a convertirse en empresaria sin siquiera haber visto el vídeo de Miguel Ángel. Sin capacitaciones ni camioneta ni nada, vivía aquellas conversaciones que mantenía con diferentes hombres dando rienda suelta a sus fantasías sexuales.

Buen tiempo ya que no era necesario que Sixta colgara prenda alguna, un día recibió la llamada de su propio marido que por su propio lado había ensayado una particular voz de clase A. Y empezó a practicar el amor por celular con él, de manera tal que el marido, sin saber que se trataba de su mujer, llegó a imaginarla como quería, y entre imaginación e imaginación él le proponía practicar el amor en vivo y en directo, y entre imaginación e imaginación ella aceptaba. Nunca llegaron a encontrarse en persona porque cada vez que se citaban él o ella se sentían vigilados. ¡Pucha, ahí está el baboso ese!. ¡Pucha, la conchasumadre esa! y, nada. Y fingiendo no darse por enterados se apartaban. Y esto sucedió hasta que ambos, ya muy enamorados como consecuencia de las repetidas entregas sexuales telefónicas, poco a poco se fueron soltando de sus apariencias hasta hacer uso de sus propias voces: ¡Oye, baboso!, ¡vesta conchasumadre!.

Y descubrieron que ambos habían sido infieles, pero qué, el hombre estaba feliz porque la infidelidad de su mujer le había llevado a conseguir mucho dinero sin siquiera haberse entregado a otro hombre, ¡eso era lo importante!, eso creía, y eso merecía festejarlo haciendo el amor, ya no en la azotea, ahora en un lugar del norte del país exclusivo para gente adinerada, como políticos y más, en el balneario de Punta Sal,  para cuidar imagen empresarial.

 


Publicadoel 20 de mayo de 2014 en la revista www.pulso-digital.com.

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Mis padres

Mis padres no son como los tuyos, son mejores que los tuyos, y por eso estoy aquí frente a ti. Ja jajá, parece una confesión ¿no?, pero no es, porqué tendría que confesarme frente a ti todavía, hubiera ido a buscar al cura, pero no.

¡Ah!, y cómo son los tuyos, no me lo dirías, o ¿sí?, no, ¿no?, bien entonces. Como ya dije, mis padres son mejores que los tuyos, ¡a mucho orgullo!, son los mejores. Mi madre es alta funcionaria en el gobierno regional y mi padre tiene un negocio, ¡es empresario!, y por eso nunca nos falta nada.

Nunca nos falta nada, eso dicen ellos a cada rato, siempre se esmeran por hacernos recordar que trabajan para nosotros, para que no nos falte nada, se rompen los lomos de sol  a sol como los labriegos del valle, y pensar que ellos han estudiado. Y todo por nosotros, somos seis hermanos, y de los seis yo soy la mayor, o la mayora como dice la madre de mi padre, la abuela a la que todos respetamos  obligatoriamente porque si no, si no la respetamos nos cae la venganza, mejor dicho la ley del ganso “ven gansa”. La vez pasada no la saludé con cariño porque no me nace hacerlo y mi querido papá se dio cuenta y me castigó, ¡una semana sin televisión!, se tomó el trabajo de llevarse todos los días su televisor a su puesto de trabajo y lo regresaba por las noches. Así que por castigarme a mí castigó a mis hermanas, a mis hermanos también, y todos se arremolinaron contra mí, por tu culpa estamos sin televisor, por no saludar a la abuelita, tú no la quieres como nosotros la queremos, eres mala, oye tú no vuelvas hacerlo porque te acusamos con mi papá con eso de que tienes enamorado.

Una semana estuvimos sin televisor, una semana con mis hermanas, con mis hermanos encarándome el incidente. Felizmente mi mamita se portó muy bien con nosotros, nos dio propina adicional y del cole salíamos directamente a la abuelita, a la mamá de mi mamá, y ahí nos pasábamos toda la tarde viendo tele.

Siempre me pregunto  qué sería de nosotros sin mi madre, mi madre nos comprende siempre que mi padre se porta tercamente con nosotros, sin mi mamita, ¡nada!, no pudiéramos vivir. Mi madre está donde está por buena, dice que fue muy buena alumna cuando estudiaba, fue muy buena  en eso y es muy buena en su trabajo, muy responsable, estricta sobre todo, se hace respetar. La gente de abajo la tiene miedo, ¡uy!, no quisiera tener un jefe como mi madre, si a nosotras que somos sus hijas y a mis hermanos nos… Cuando incumplimos órdenes nos castiga muy duro. No, con látigo no, con palo tampoco, tampoco con su zapato, bueno, sí, a veces, pero lo que más nos duele es que nos eche afuera de la casa hasta la madrugada. Ya en la madrugada nos abre. Pero no nos castiga a todos, qué bueno sería eso, estaríamos conversando y no sentiríamos mucho el castigo, ¡de uno en uno!, los castigos individuales son muy dolorosos, ahí afuera me pasé una vez sentada y pegada a la puerta, llorando, rezando para que me abriera… Mi madre es cruel, tan cruel como mi padre, o quizá más que mi padre.

¡Pero de qué vale que te cuente!, oye. Mi padre se va de viaje todos los meses, “viaje de negocios” dice, y mi madre también, “viaje de trabajo”, me mandan, dice ella. Y cuando se van nos quedamos solos, antes nos quedábamos en las casas de los abuelos, después en casa de los tíos, los vecinos, y así pues, como te cuento. Una vez descubrimos a mi madre que no había ido de viaje de trabajo, se fue de parranda, cuando le pedimos explicaciones, así es la vida nos dijo ella. Y de la vida se aprende pues, la universidad de la vida, ja jajá.

Hace poco que mi padre me confesó que tenía un hijo de contrabando, mejor dicho fuera de matrimonio, y mi madre, mi madre que había tenido una aventura con otro hombre en uno de esos viajes que ella hace, lo importante es cuidarse y no traer problemas a la casa, me dijo.

Y así, como podrás darte cuenta, mis padres son mejores que los tuyos, o ¿no?. 


Lunes, 3 de septiembre de 2018.

La treta del brujo

 
Aquella mirada ya no era de pena, de una nostalgia demoledora y sin fin, ahora miraba de otra manera, había alegría en ella porque ahora lo tenía frente a él. Sus ojos se enternecieron como diciéndole “acércate no temas, no temas, ven hacia mi lecho”, mientras Modesto, el jovencito de dieciocho años ya, lo contemplaba con cariño y tristeza a la vez desde la puerta del cuarto aquel.

Un mes hacía que subieron a empujones a ese hombre de treinta y tres años, lo subieron hasta el asiento trasero de un taxi rumbo al hospital más popular de Trujillo. Tres años que vivía paralítico, de la noche a la mañana su aspecto arrogante de casi terrateniente se tornó deprimido y con aspecto de muerte, después de tres años de haberse casado con la muchachita aquella de la diezmada comarca serrana arriba de Chimbote.

Fernando Ramírez se llamaba y era el tercero de seis hermanos vivos, y a ella, su reciente esposa, la llamaban Celidonia. Celidonia venía de un hogar muy pobre, sus padres no habían terminado siquiera la educación primaria, y ella, ni cuenta se dio que llegó al último grado primario. Los hermanos de Fernando y demás familiares, con excepción de Modesto, el leal y huérfano sobrino hijo de la difunta hermana, en primera instancia no aprobaron aquella relación, pero después de deliberar creyeron que aquella campesina sería una gran compañera para Fernando en las operaciones de labranza en un pequeño fundo de los hermanos Ramírez, aledaño a la rústica vivienda de Celidonia. En cambio la familia de Celidonia se mostraba entusiasmada con aquella unión, ya que significaba tener por lo menos asegurada la comida, y además, contarían con una casa no mal parecida en el mismo y pequeño pueblo, cercano a la comarca, para hospedarse por lo menos en épocas de fiesta, una posibilidad remota hasta entonces para ellos.

Así que, mientras la familia de Celidonia ambicionaba las propiedades que ostentaba Fernando, los hermanos de Fernando veían a futuro reverdecer las chacras de propiedad familiar con el concurso de la campesina y los familiares de ella, que bien se darían con empeño trabajando las parcelas de cultivo que conducía Fernando. Los hermanos de Fernando, con atavismos de terratenientes, vivían en Chimbote y utilizaban la casa del pueblo y el pequeño fundo nada más que para ostentar durante las fiestas patronales. Modesto, el sobrino huérfano, hacía de mandadero, y entonces con Fernando ya casado su condición de marginado se agravó, tenía que hacerse pedazos para complacer a la nueva familia de su tío y, además, salir victorioso en las pruebas del colegio. Así que Fernando, para complacer a su nueva familia, tuvo que prescindir del sobrino y este fue a dar a la casa de unos tíos lejanos hasta terminar la educación secundaria.

La familia de celidonia no veía con buenos ojos la gallardía de Fernando, “nos mira para abajo”, y empezaron a maquinar acciones de venganza, la suegra llevaba la batuta, cómo pues podrían tener un miembro de familia así, se sentían disminuidos con aquella gallardía, aunque Fernando jamás los marginó, ellos así lo sentían.

Y en aquel mundo donde la desgracia de unos es la felicidad de otros, justamente en la fiesta patronal del pueblo y tres años después que Fernando y Celidonia se casaron, en una esquina de la Plaza de armas se ubicó un curandero con polvos, brebajes y sebos de todos los reptiles, con cuerpos presentes disecados y mal olientes por tanto petróleo recibido como lustre. Que el sebo del lagarto es bueno para tanto, que el sebo de la maldita boa, de la shushupe, del corralillo, ¡oye!, ¡mira ve!, si te duele la espalda y las rodillas solo tienes que coger un poco de este sebo de culebra. ¡Mira ve!, lo coges así, ¡mira ve!, en los dedos, ¡mira ve!, y lo calientas en las llamas de una vela o en una callana con brazas y te frotas así, ¡mira ve!, hasta que el sebo desaparezca, ¡mira ve!, ¡y adiós a los dolores!. Y si no tienes suerte en los negocios, no tienes suerte en el amor, te sientes triste, así, ¡mira ve!, es porque brujería te han hecho, tierra de muerto has pisao. ¡Mira ve!, hay gente mala que te tiene envidia, y para verte cómo estás van hasta el cementerio, ¡mira ve!, a la media noche, ¡mira ve!, y cavan y cavan hasta encontrar el muerto, le quitan los huesos de las canillas y los muelen hasta que quedan polvo, ¡y eso es la tierra de muerto!. La cogen así, ¡mira ve!, en tu nombre pronuncian unas palabras cabalísticas “¡orates frates ya te fregates!”, la llenan en una bolsa, ¡mira ve!, y después la riegan en el corredor y quicio de tu puerta, así, ¡mira ve!, para que la pises, ¡y una vez que pisas la tierra de muerto!, todo mal te llega. Yo puedo curarte, ¡mira ve!, sólo tienes que visitarme en el hotel para leerte la mano, para leerte las cartas, para hacerte una limpieza, para entregarte un amuleto que te proteja de los malos espíritus, ¡mira ve!, porque así como hay  buenos espíritus también hay malos, ¡son el mismo diablo!, ¡mira ve!. Y si quieres que tu mujer o tu marido te declare con quién te traiciona, ¡mira ve!, sólo tienes que coger su zapato izquierdo, ¡mira ve!, así ¡mira ve!, y lo colocas en el pecho izquierdo, mientras duerme, y lo preguntas, ¡mira ve!. Pero eso sí, para que surta efecto yo te voy a dar un polvo para que tome antes que se duerma, ¡mira ve!, es el polvo de la sabiduría; disuelves el polvo en el té o en la sopa y le das, ya tú tienes que ingeniarte cómo lo haces, yo no te voy a decir todo, ¡pue!, usa tu cabeza. Y si tu marido te hace sufrir, es porque todavía no has logrado amansarlo, ¡tienes que amansarlo!, pero no como se amansan a los animales, ¡así no!, tiene que ser con inteligencia, ¡yo tengo la solución!.

Era uno de esos curanderos que recorren las fiestas patronales, con tarjetas y propaganda impresa promocionándose, que son espiritistas, parasicólogos y más, y hasta difunden propaganda por las radios locales. Era uno de esos que leía la suerte en las barajas, en la mano izquierda y hasta en la mirada, uno de esos curanderos que decían sabían de todo y que resultó en el oficio obligado por la necesidad con el espaldarazo de la casualidad; llevaba con él a un hombre robusto de mediana estatura que luego de untarse con un sebo se acostaba sobre vidrios molidos, y además, se atravesaba los labios y la cara con agujas de diferentes tamaños, y hasta caminaba sobre carbones de leña al rojo vivo. La madre de celidonia se le acercó y le dijo:

–Quiero amansar a mi yerno.

Aquí está la plata, se dijo el curandero, y citó a la recurrente para una consulta en privado en el hotelillo del pueblo.

–Tienes que traer a tu yerno –impuso el brujo.

–¿Usted créiste?, ese no va a venir, mi yerno es uno de esos togaos del pueblo, togao y palangana, ¡yásque va venir! –contestó la mujer.

–Entón, tienes que traerme una foto de él, tengo que hacer un muñeco de cera a su imagen y semejanza.

Al siguiente día, por la tarde, ni corta ni perezosa la madre de Celidonia llegó hasta el brujo jalando dos carneros y un pavo bajo el brazo, y también, una foto de Fernando dentro de sus senos. Y un día después, por la noche, de acuerdo a lo previamente pactado, se encaminaron hasta la chacra de Fernando. El brujo se armó, para el mal aire, mascando coca mientras fumaba un cigarrillo nacional, y al final de la chacchada se echó un buen trago de aguardiente para iniciar su labor dilapidadora. Extrajo de su costalillo una pequeña escultura de cera negra del tamaño de una mano con la foto de Fernando adherida, y atravesó el conjunto con unas espinas de cabracasha. Luego extrajo del mismo costalillo una botella que contenía una solución aromática penetrante, mezcla de todos los perfumes que olía al mismo demonio, se chupó parte del contenido de la botella y desde su boca chisgueteó la solución sobre la estatuilla y, acto seguido, la enterró en la cabecera de la chacra mientras murmuraba entre narices una oración que helaba la sangre de la mujer.

–Ya está –dijo el brujo–, esta es la primera parte del trabajo, puede o no puede surtir efecto, pero si quieres asegurarlo, tienes que aumentar la limosna.

–¿Qué limosna?.

–Dinero, quinientos soles, ya no te puedo aceptar animales, los buenos espíritus se molestan.

La mujer pensó en su yerno como alternativa de solución, y le pidió al brujo le diera un día de plazo para conseguir el dinero requerido. Fue hasta el yerno fingiendo estar enferma, era el día central de la fiesta patronal, el yerno departía con sus hermanos y demás familiares algunas botellas de vino, mientras Celidonia cocinaba un suculento almuerzo a base de cuyes y gallinas. La mujer llegó acongojada, con el bonete de paja caído a un costado y el pullo de lana de carnero arrastrando por el suelo, disimuló muy bien una supuesta enfermedad entre sollozos y quejidos, y convenció al grupo de fiesteros que terminaron haciendo una bolsa con yapa en beneficio de la salud de la afligida suegra de Fernando, gracias babosos, ya les quiero ver.

Y la buena madre y mala suegra fue donde el brujo, entregó lo pactado y recibió a cambio una bolsa con tierra de muerto para ser esparcida en el dormitorio de Fernando, cuidadosamente, a fin de que él, y nadie más que él, la pisara. En seguida, el brujo entregó a la mujer una botella que contenía una infusión de chamico, una copita, nada más, dentro del café que dices que tanto le gusta a tu yerno. La madre de celidonia tendría que convencer a su hija a fin de que se cumpla al pie de la letra con las indicaciones del brujo, Celidonia echó el grito al cielo, ella no veía la necesidad de hacerlo, su esposo se portaba muy bien con ella, pero la madre dijo:

–¡Qué sonsa eres china de mierda!, lo hago por tu bien, ya hubieras visto a tu marido coqueteando con la Teresa de la tienda de la Plaza, pronto te dejará por ella, ¡ya lo verás!. La otra noche tu marido fue a darle serenata, a cantar como sondo “orines de mi chivato porque los voy a votar, si eso tiene que ser perfume de mi mujer…”, ¡lo hubieras visto!.

Los celos pudieron más y celidonia accedió. Y llegó la desgracia, de la noche a la mañana, decían en el pueblo, el Fernando resultó idiota, seguro que la china mocosa esa quiere estar dale y dale en la cama, el pobre tiene que acceder, ¡qué le queda!, peor pesarían los cuernos. Por eso fue que, apenas se casó con la china esa, dejó de jugar “casino” con los policías y hasta abandonó su vida nocturna en el billar de don Beto, eso y más, oiga usted, dejó de concursar a sus caballos en las fiestas patronales de los pueblos vecinos. Adiós, pues, al gran jinete, bueno, está bien porque ni siquiera reconoció al hijo que tuvo en la calle, Dios se encarga, Dios está viendo todo.

Resultó idiota, pero no tanto como para no darse cuenta de lo que estaba pasando, y tuvo que subirse al bus para viajar a Chimbote, hospedarse en sus hermanos, ya en uno ya en otro, y hacerse curar con médicos, y no con brujos, ¡pero los médicos! no pudieron curarlo, fue más, resultó paralítico sentado en una silla de ruedas. Se le murió medio cuerpo y más, las manos no respondían a las órdenes del cerebro, y mientras estaba al cuidado de turno de sus hermanos Celidonia consiguió otro marido para que le ayudara en las tareas de campo, porque para eso se tiene marido, sino ¿quién me ayudaría a criar al hijo que tengo del desgraciado!.

Para entonces Modesto, el sobrino huérfano, había terminado la educación secundaria y emigrado a Chimbote, se hospedó en la casa de uno de los hermanos de Fernando y consiguió trabajo como obrero  en una envasadora de pescado. Matizaba su trabajo atendiendo al tío inválido que dejaron de llevarlo a los médicos por cuanto no conseguía mejoría. Aturdidos por la postración de Fernando, los hermanos le hacían mil remedios en atención a los consejos de uno y otro pariente y amigo, sucumbieron al consejo popular y terminaron por llevar al enfermo hasta los brujos que habitaban las viviendas de los barrios marginales de Chimbote. ¿Ya lo sobaron con el cuy?, preguntó uno de los curanderos, ¿ah?, ¡el cuy!, claro, no, todavía. ¡Y lo sobaron!, y conforme lo hacían el cuy iba muriendo, y tan pronto se desvanecía en la mano del curandero lo desolló con el corazón del animal aun latiendo. El curioso examinó al cuy, la radiografía del cuy no falla, ¡oh!, miren, aquí en la nuca hay un coágulo, necesitamos disolverlo, ¡uy!, éste es un tratamiento largo, tenemos que conseguir la caga de duende, pero dónde aquí en la costa, hay que mandar traer de la sierra. El curandero se refería a esa supuración amarillenta que emana de los vetustos troncos de los árboles serranos, y se hizo todo eso y más, lo pisaron con el San Antonio, con el San Juancito, estatuillas de yeso de santos en miniatura que los hermanos de Fernando mandaron fabricar especialmente allá en la avenida Tacna de Lima, todo eso, y saunas a base de yerbas silvestres y el romero bendito de Viernes Santo, e infusiones de flores, ¡y nada!.

¿Yalu pasaron con los orines del zorrillo, luán corneao con el culo del perro negro?, preguntó una comadrona casi paisana de los Ramírez. ¿Orina del zorrillo?, quién se atreve hacer orinar a un zorrillo en una bacinilla, en cuanto a la corneada con el culo del perro negro, bueno, eso sí, lo hicieron para el mal ojo cuando Fernando era un bebé.

Los Ramírez eran orgullosos, venían de un hogar en el que no sobraba la plata pero tampoco faltaba la comida como para perder la vergüenza. Sus padres mediamente instruidos eran pequeños agricultores y ganaderos, y además, tenderos, eso les permitió entregar a sus hijos educación secundaria completa. Y antes de morir cada quien por su parte recomendó “se han de ver los unos a los otros en las buenas y en las malas”, los padres eran católicos pero solidarios, eso sí, y siguiendo ese ejemplo los Ramírez harían hasta lo imposible por la mejoría del hermano.

Y fue allá, en el arenal del cerro San Pedro de Chimbote, más arriba del cementerio, donde encontraron un curandero de renombrada fama, venía del norte, eso decía, y además decía que era uno de los mejores de salas, en Lambayeque. De salas o de Huancabamba, o no, todos los brujos suelen decir eso, y además agregan que trabajan con los buenos espíritus. Pero la desesperación por ver bien a Fernando hizo que los hermanos de él creyeran todo lo que decía el brujo, así que, el brujo, después de indagar con cada hermano respecto a la vida pasada de Fernando, dijo que lo habían hecho mal feo, mal que le había traspasado tanto porque lo hicieron entre varios, por pura envidia, nada más. Lo envidiaban los yegüerizos, la mujer, la suegra y su familia, la Teresa de la tienda de la Plaza, por celos, porque el que le cantaba “Orines de mi chivato” en serenata, se casó con una mugrienta campesina. En fin, el brujo cobraba bien por aquella curación y por eso la complicaba.

Entonces, el brujo vistió de gala su rústica sala de sesiones curativas y citó a los hermanos y al enfermo para una noche de viernes en ella. Conchas de abanico, conchas de caracoles marinos, perfumes penetrantes, varillas de chonta, ramilletes de romero, crucifijos y tantas otras cosas raras componían la mesa espiritista extendida en el piso sobre una manta con motivos incaicos. Los Ramírez se apostaron alrededor de la sala, sentados en el piso, y cuando el viejo reloj de pared marcaba la media noche se inició la sesión, con un rito entre las narices del brujo y con la luz completamente apagada. Al tanteo y dentro del miedo apoderado de Fernando y sus hermanos, el brujo de desplazaba con una concha de caracol en la mano acercándola al oído de los asistentes a fin de que pudieran escuchar el sonido de brisa de mar que la concha emitía. Es el mal aire, explicaba el brujo a cada uno, y ¡sí que se escuchaba!, aunque cualquiera lo dudaría, pero dejaría de dudarlo si se hace de una caracola y la coloca con la abertura al oído. Luego de la caracola, el brujo se aproximaba a cada uno con una botella de penetrante perfume para después de defecar, vertía un poco del contenido en una valva de abanico y obligaba a cada asistente a inhalarlo, la inhalación les producía estornudos y náuseas, era lo que el brujo llamaba primera limpieza. En seguida obligó a beber a cada uno de los asistentes un vaso lleno de una cocción de San Pedro, un cactus alucinógeno que crece en las partes bajas de la sierra, y después de esta segunda limpieza ordenó que se concentraran en sus posibles enemigos, y preguntó a cada uno de los asistentes:

–¿Qué ves?.

Todos respondían explicando lo que veían, ya a la mujer de Fernando, ya a la suegra, ya al mejor yegüero del pueblo.

–Yo veo –dijo el brujo–, veo a Fernando pisando tierra de muerto, y además veo a un brujo malero que está enterrando un muñeco de cera y una foto de Fernando, traspasados con muchos alfileres.

La sesión terminó a las cinco de la mañana, con caldo de gallina incluido, el brujo cobró mil soles por la ceremonia y agregó que tendrían que desenterrar aquel muñeco a fin de que Fernando se curara. Y acordaron para el próximo viernes el desentierro del supuesto muñeco, que según afirmaba el brujo, se encontraba enterrado por ahí nomás, a la vuelta, justo en la falda del cerro Cambio Puente.

Y llegó el esperado día frío de viernes de julio, y partieron en un taxi a eso de las diez de la noche rumbo al lugar del entierro, pero esta vez no llevaron con ellos a Fernando, solamente fueron los seis hermanos más el sobrino Modesto. El brujo lo había preparado todo, el muñeco de cera negra atravesado por alfileres, la solución penetrante de perfumes y una botella con aguardiente para el frío. El brujo cogió la barreta y la introdujo en el suelo de la falda del cerro para ordenar que ahí cavaran, mientras él se armaba con un bolo de coca que remojaba de cuando en cuando con aguardiente. Hubo un momento en el que el brujo abandonó el grupo para defecar, regresando al rato, luego Modesto hizo lo mismo, y en el trayecto, ya de regreso, la luz de su linterna de mano tropezó con el muñeco de cera tirado en la arena, ni tonto ni nada, Modesto guardó el muñeco entre sus ropas y se unió al grupo excavador.

–¡Ya está bien! –ordenó el brujo–, ¡retírense!, no sea que malogren al muñeco.

Y se aproximó al foso, disimuladamente buscó entre los bolsillos de su chaqueta en afán de encontrar al muñeco, qué muñeco ni qué nada, el muñeco estaba a buen recaudo en el bolsillo de Modesto.

–Nos ha madrugado el enemigo –dijo el brujo, desanimado–, ahora la cosa se complica.

Y la cosa se complicó, pues, pero para él, Modesto no tenía un pelo de tonto, pero, cómo explicar lo sucedido a sus tíos, modesto estaba seguro que lo recriminarían, ellos habían tomado el asunto muy en serio. ¡Uy!, no sólo se le complicó el asunto al brujo, también a mí. El brujo sacó sus conclusiones: si mañana no encuentro el muñeco es porque este mocoso de mierda lo ha encontrado, pero si es así, me va tener que pagar.

Al siguiente día el brujo inició la búsqueda del muñeco ¡y no lo encontró!, entonces no había duda, Modesto se había burlado de él, pero lo pagaría, y muy caro, así que el brujo armó una estratagema. Fue a buscar a los hermanos de Fernando y los convenció para una segunda sesión en la que indagarían por el paradero de la estatuilla de cera, para luego hacer hasta lo imposible a fin de desenterrarla para que Fernando recobrara la salud. Pero tendríamos que hacer la sesión otro día, porque el enemigo nos está persiguiendo, hablaré con mis colegas para que ayuden con sus rezos a la media noche, tendremos que vencer al enemigo, será el día martes.

Y el martes a la media noche, después de los perfumes y brebajes de estilo.

–Veo que uno de ustedes tiene el muñeco de cera –dijo el brujo.

 Modesto se desplazó sigilosamente en la sala hasta llegar a la silla en la que se encontraba Fernando y entre sus piernas depositó el muñeco de cera.

–¡Religión y brujería la misma putería! –exclamó Fernando.

Fernando, medio idiota como se le notaba, lo sabía todo.

El brujo prendió la luz y Fernando exclamó: ¡Quítenme esta porquería de aquí!.

El brujo murmuró un rezo exótico mientras se hacía de la estatuilla, pensó que Modesto era el autor de todo eso y empezó a urdir estratagemas con la estatuilla en las manos y le vino una diabólica idea.

–Falta la fotografía –dijo.

–¿Y ahora? –preguntaron los hermanos al unísono.

–¡El enemigo está aquí! –enfatizó el brujo.

–Usted será, pues –replicó Modesto.

–¿Eres tú! –acusó el brujo a Modesto.

–Está usted muy co…

–¡Calla, sobrino!, vete a la casa –amonestó el mayor de los hermanos.

–Al contrario, que se quede. Qué, ¿no ven que el enemigo se está apoderando de él?. Si se va se fregó –dijo el brujo y luego preguntó a Modesto:

–¿Te has acostado con una mujer, mejor dicho, sabes qué es tener mujer?.

Por toda respuesta, Modesto se sonrojó.

–No te preocupes, eres aún un muchachito inocente, justo lo que necesitamos para encontrar la foto de tu tío –Maquinó el brujo.

Y los hizo saber a todos que el próximo martes irían hasta allá al cerro Cambio Puente, pero esta vez llevarían con ellos a Fernando, pero ¡eso sí!, ustedes los mayores no podrán ir, ustedes saben, ya no son inocentes. Me llevaré a Modesto y a Fernando, es lo que quieren los buenos espíritus.

Y para el siguiente martes lo preparó todo, cobrando por adelantado, qué fotografía ni qué nada, ya vería como lo justificaría, por ahora sólo interesa el mocoso ese y lo que estos serranos me pagan, ¡qué gasten pues!, tanta plata que ganan en la pesca, dicen que tienen su propia lancha, ¡carajo!. Además de la botella con fuerte perfume preparó dos contundentes botellas con limón y aguardiente, y a una de ellas le agregó un macerado de semillas de chamico ¡y a la alforja!.

La media noche estaba nublada y lloviznaba, el brujo cogió una de las botellas y la entregó a modesto, ¡salud muchacho!, me gustas por valiente, ojalá tu tío resista y no se duerma, dijo, y se tomó un poderoso trago de la botella que separó para él, y luego la recostó arriba del hoyo. ¡Toma pue muchacho!, y cava mientras cago, obligó, pero Modesto sólo aproximó la suya a sus labios con mucha desconfianza, la simple idea de beber le aterraba, luego acomodó la botella arriba del hoyo, cerca de la del brujo.

–¡Alto, carajo! –se escuchó una voz y luego un disparo de revólver–, ¡la policía!.

–¡Religión y brujería la misma putería! –gritó Fernando.

El muchacho se quedó paralizado, el brujo se subió los pantalones cagándose de miedo, y muy de prisa cogió la alforja y la botella y emprendió veloz huida. La policía los había seguido creyendo que se trataba de huaqueros, y una vez junto al muchacho éste los informó de todo. Ayudaron al muchacho subiendo al enfermo al patrullero y lo llevaron hasta la casa de uno de los Ramírez. Y ya de día, en reunión familiar.

–¡Seguro que tú!, tú llamaste a la policía, yo te conozco muy bien, tú malograste todo –culpó el menor de los Ramírez a Modesto.

–¿?.

Y sin pérdida de tiempo fueron a buscar al brujo, todavía no se ponían de moda los celulares en el país, y el chamán no contaba con teléfono fijo, nadie en esa zona marginal. No lo encontraron, qué lo iban a encontrar si en cada golpe que daba se hacía el desaparecido, como buen norteño había escuchado tanto esa canción “Pancho Villa” cantada por Aceves Mejía que una vez más la ponía en práctica, “¡y ay viene pancho Villa!, ¡con Juana Gallo en la silla!”. En San Pedro comenzó su carrera de bandido. La mujer del brujo amenazó con denunciar la desaparición ante la policía preocupando a los Ramírez, y estos, especialmente el menor, se desquitaban con Modesto. Después de dos semanas la mujer del brujo llegó hasta la casa de uno de los Ramírez en la que se hospedaba Fernando.

–¿Qué han hecho con mi marido que está como idiota?, ¿ah?, hoy sí se han jodido con nosotros, ¡por esta luz divina nos van a pagar muy caro!, todos ustedes se van arrastrar como animales –amenazó y se largó, y el miedo se apoderó de los Ramírez.

Qué, pues, iban hacer, nadie hizo nada, el brujo, lleno de miedo se tomó toda la botella que había preparado para modesto, la parálisis lo esperaba.

–¡Religión y brujería la misma putería! –exclamó Fernando.

¡Nos jodimos!, dijeron los Ramírez, esa mujer es capaz de todo, se reunirá con los colegas de su marido y sabe Dios qué harán con nosotros, hasta pueden convertirnos en animales.

Y en el pueblo de origen se comentaba el trágico destino de Fernando, que había sido embrujado por su suegra, eso decían, claro, pues, si la vieja esa es bruja, y de las buenazas, por las noches se convierte en puerca y sale por las calles del pueblo con la panza arrastrando y meneándose pesadamente mientras atisba a la gente. ¡Dios nos libre de esta bruja!. Ya la vez pasada, después que se casó Fernando, la bruja se reunió con otra bruja y fueron hasta la cueva de Cuchina para bañarse con el agua del alikán a fin de convertirse en grullas cantoras “¡De villa en villa!... ¡de villa en villa”, y en la noche volaron de villa en villa en busca del diablo hasta donde recibieron noticias de él. En la quebrada se desnudaron y apareció el diablo en forma de chivo con la verga al aire sacando chispas. El diablo las brincó a las dos, salía candela de los culos de las brujas “¡más, más, amor mío, entrégame tu semen!”, repetían, y cuando el diablo quedó satisfecho las brujas de mierda recogieron el semen para poder matar con solamente mencionar el nombre de la persona que quieren que muera, ¡ay!, oígaste, ¡qué miedo!.

En extremo afán ponía Fernando a sus hermanos, pues tenían que cucharearlo, practicarle el aseo, y además, soportar su mal genio que le venía por impotencia, mal genio que terminó por aburrir al menor de los Ramírez.

–¡Avisa cuando quieres cagar, cojudo!, ya me estás cansando ya.

–Mátame pue cojudo si estás aburrido –contestó Fernando.

Iracundo, el hermano, abandonó el dormitorio, Fernando lo siguió con la mirada hasta que se perdió por la puerta. Aquel hermano menor se iba de esa manera olvidando los hermosos momentos vividos, cuántas veces lo protegí, lo amé con amor de padre, y ahora que yo estoy como él estuvo alguna vez, indefenso e impotente, me trata así, ahora soy como un niño, como él fue bajo mi cariño y protección. ¡Dios mío!, si tú me estuvieras viendo no dudarías en recogerme. Qué puedo hacer, si estas manos obedecieran cogería un cuchillo y me eliminaría. ¡Ayúdame, Dios Padre!, quiero que esta despedida sea mejor que lo más hermoso que me haya sucedido. Es horrible sentirse huérfano, cómo no he de sentirme así si me siento impotente y humillado por los que más amé y aún amo, si volvieran aquellos primaverales días de mi vida todos en mis muslos se sentarían. Modesto, sobrino mío, cuánto dolor lacera mi pecho y tortura mi alma al recordar el día aquel que tuve que prescindir de ti, pobre de mí, altanero entonces, y complacedor de los apetitos terrenales, si tendría que arrodillarme ante alguien, sería ante ti, sobrino mío.

Y ahora sí, se había decidido a partir, devolvía los alimentos que le cuchareaban. El hermano menor aburrido de soportarlo le regaló una bofetada, fue el primero en convertirse en animal, pero no por obra de la mujer del brujo, y él, Fernando, lo miró con los ojos llenos de lágrimas suplicando favor, le pedía que lo dejara morir en paz, había iniciado una marcha sin retroceso.

Y lo subieron al asiento trasero de un taxi hasta el paradero de autos que iban a Trujillo, ahí lo internaron en el Hospital Belén. La mirada de Fernando se clavó en la puerta de entrada de aquel cuarto de hospital donde pasaría sus últimos días, las visitas entraban y salían, y aquella mirada buscaba ansiosa un rostro conocido, no al uno ni al otro de sus hermanos, tampoco a ninguno de los tantos familiares que llegaban a visitarlo, él los veía pero fingía no darse por enterado.

Los médicos intrigados por aquel horrible mal infirieron que podría haber sido causado por un huevo de tenia alojado en el cerebro, infirieron, nada más, pero no lo evidenciaron con el diagnóstico no obstante las múltiples radiografías, tomografías y todo eso que ordenaron los médicos. ¡Cisticercosis!, no hay otra explicación, este serrano ignorante ha comido carne de puerco y se ha jodido solo, en la sierra los puercos se alimentan con porquería humana. Así que, mientras lo mantenían con vida acordaron que deberían destaparle el cráneo para observarlo en directo. Y lo destaparon, pues, sin remordimientos ni ética ni nada, lo destaparon como si se tratara de un objeto. A  Fernando le era indiferente lo que pudieran hacer con él, sólo sabía que tenía que resistir hasta que llegara el muchacho aquel, único hijo de su única hermana que murió después de dar a luz a ese sencillo y no rencoroso muchacho que él un día se vio obligado a echar de casa, murió la hermana sin que de su boca saliera el nombre del padre de su hijo, que fue el buen hombre aquel que los Ramírez mataron a patadas una noche de fiesta patronal.

Con el cráneo destapado y sin visitas ya, su mirada fija en el marco de la puerta del cuarto de hospital, era de pena, de nostalgia demoledora y sin fin. Y por fin apareció Modesto, después de un mes, Fernando sonrió mirando la aparición…, después sus párpados cayeron y ya, eso fue todo, mientras los ojos del sobrino rodaban en un mar de inconsolables lágrimas.

Narrativa publicada el 24 de enero del 2013 a las 03 horas 28 minutos en la revista www.pulso-digital.com/...treta-del-brujo...walter-elias-alvarez-bocanegra

jueves, 23 de julio de 2020

En Lima la pandémica

Qué puedo decir ahora sobre Lima, vine para regresar pronto y la pandemia me cerró. Nada puedo decir como narrador omnisciente y algo o mucho como testigo en primera persona. Digo que voy caminando muy temprano por estas calles de algún lugar del cono norte y las gentes ajetrean con la basura que han generado arrojándola hasta el filo de las aceras. Y agrego, cada perro que espera agresivo en la calle me irrita sobremanera, la mordedura de perro es terrorífica, desgarra piel y carne, ¡qué dolor!, y podría estar con rabia, ¡qué miedo!, y uno terminaría muriendo aullando como perro. Por estos lares los perros duermen regados en las calles y se irritan con el paso de los primeros caminantes del día, y así poco a poco se van cansando de ladrar y se van quedando quietos y echados en las aceras, pareciera que a medida que los vehículos van tomando la calzada los van adormitando con el humo de sus escapes.

Lima la pandémica, Lima la del cono, ¡la muerte!, ¡rompió en prima el confinamiento!, el presidente Vizcarra metió las cuatro al decretar dos semanas de cuarentena a mediados de marzo, la gente se preparó mentalmente para pasar dos semanas cautelosamente, y al decretarse dos semanas más comenzó a irritarse y a descargar su descontento contra el mandatario, y así con dos y dos semanas más la gente ya estaba en la calle antes de los cuarenta días. Hubiese sido mejor que se decretara desde el inicio noventa días de confinamiento y los resultados serían mejores, ¡será para la otra…!.  Y ahora ya pasamos los cuatro meses de medidas anti pandemia y quién sabe hasta cuándo seguiremos. Mientras tanto yo sigo caminando si no es por la mañana es por la tarde, debo, debo caminar para no engordar y para algo más.

Lo que me llama la atención es la cantidad de perros sembrados en las calles prestos a morder, y cuando ingreso a los amplios espacios de áreas verdes me topo ahí con aquellas personas que con el pretexto de pasear a sus perros los sacan para defecar, es todo un alboroto. Algunos salen con sus perros cogidos por cadenas, perros vestidos con chaquetas y pantalones cortos tan similares a los que llevan sus amos,  y hay quienes llevan más de un perro enredándose con ellos. Y después que los perros defecan, orinan, ladran e incomodan,  los parques quedan floreados de excrementos perfumados.

En las calles principales, entre siete y ocho de la mañana, se excitan las bocinas de los vehículos motorizados, y el humo y la polvareda se esparcen en el ambiente. La mascarilla  que llevo me asfixia, ¡coñonavirus, carajo!, grito de impotencia. Es hora de regresar a casa. Y por la tarde en las mismas calles, a eso de las seis, las bocinas se excitan sobremanera, los vehículos se atascan en la calzada, las mascarillas se caen por el cansancio dejando al descubierto la nariz de los apurados transeúntes, las carretillas con cachangas y otras comidillas se instalan en las veredas, los venezolanos se desplazan por ellas vendiendo café caliente y refrigerios; las veredas se tornan intransitables, es hora de caminar por los parques donde hay menos gente que perros.

Y ya en el parque un perro me muerde, reacciono por instinto y puedo acertarle una patada, grita el perro como gente y el dueño se me viene encima como perro.  

miércoles, 13 de mayo de 2020

Fernando de Cuellar escribió sobre Pallasca

Fernando de Cuellar, cronista español al servicio del conquistador Almagro, luego que éste fue derrotado por Pizarro en la  batalla de Salinas, se refugió en Pallasca en el año de mil quinientos treinta y ocho, y escribió sobre el pueblo:

“Pallhusca (obra acabada), tribu nómada reaccionarios ante las tribus dominantes en las grandes luchas por la supremacía. Checras, jefe de los Pallhuscas, encabezando su ejército, vence a los Cuymarkas; en alianza con los Llankars vence a los Chontas y a los Tunkuas y establece su gobierno federado; construye el castillo de Cuchac, con plataformas superpuestas; mancomuna la fe religiosa (politeísta) con un Dios Supremo Cankor (águila); construye un sistema de irrigación por wayanchas; preponderancia de la agricultura sistematizada por los andenes y la minka. Conquistados pacíficamente por Pchacutec, amplían su sentimiento religioso, adoran al Dios Inty (sol) y subordinan a sus dioses a segundo plano. Surgen insurrecciones que terminan con la división de castas y clases: Huichay  parte más alta del declive, residencia reservada al Inca,  persisten ruinas con lujo de compartimientos, en la que se alojaba a su paso a Caxamarca. Chaupi zona media del declive de la metrópoli india, viviendas del pueblo, presentación de ruinas calcinadas, angostas calles, plazuelas rectangulares. Huaray (guangas) parte baja, depósitos de víveres de los Dioses, los que se distribuirán en los tiempos de hambruna, sequías o pestes malignas, más tarde se repartiría a las viudas del contingente que regresaban de Quitu a donde marchaban acompañando al inca Atahualpa, que posteriormente los había sometido. Los Pallhuscas perfeccionaron un estilo de cerámica policroma con representaciones de sus Dioses, escenas de la vida diaria, con gollete en el arco y base plana, dominación de la orfebrería (metalurgia), trabajos con aleaciones de oro y cobre, manufacturando objetos de carácter religioso. 

Sabedores de la llegada de hombres extraños (españoles) tienen horrendos vaticinios del Dios Inty (eclipses), quien decide que todos se exterminen; acuden al Gran Santuario Morahua (peñasco de Dios) e imploran su voluntad, el peñasco se derriba y todos quedan sepultados.”



jueves, 12 de marzo de 2020

No hay milagros ahora porque no estamos en octubre... no estamos en Lima

Es una fría tarde de marzo, mes de crudo invierno, llueve y deja de llover, y otra vez llueve, y deja, y llueve. El día no sé ni me importa, sólo sé que durante nueve meses he parido tres páginas de este escrito muy personal y desde luego informal, y no sé si podré seguir pariendo, porque me place sobremanera sumergirme en mis escritos programados, mis novelas, que por pésimas y absurdas que sean alguna vez para los demás, ahora me dan felicidad, y esto es lo que importa para mí, por lo mismo ignoro los comentarios de las gentes que pasan por la calle y se detienen a propósito para comentar burlonamente:

¿Está  durmiendo?, ¡ese conch... no trabaja!.

¡Ja, ja,ja,...!, ríe mi vecino de confianza, como queriendo dar credibilidad a lo comentado, disimuladamente, para que yo no me dé por enterado.

Bueno, ¡al diablo con todos esos!. Hoy, no hay agua, agua de la llamada potable, felizmente he recogido agua de lluvia. Dicen que la tubería se ha roto, el mismo alboroto de siempre, de todos los días, “sia roto la tubería, sia roto el tubu”, cuando yo niño, solían decir : “sia quebrao la cequia”. ¿Cómo no se va a romper la tubería si la red de agua esta hecha a la diabla?, por eso, apenas llega una persona de talla y peso completos y se pone a pasear por las calles, se resquebrajan los empedrados y las tuberías se rompen de puro susto, ¡claro, cómo no, si las obras están proyectadas y ejecutadas por enanos en toda la extensión de la palabra!.
Seguiremos “chupabarros”, no hay milagros ahora porque no estamos en octubre, y peor aún, no estamos en Lima, sólo castigos en este pueblo lejos de todo periodismo.


Ha dejado de llover y la neblina, ahí afuera, se ha despejado, quería plasmarla tal como la veía, pero, mientras esta Pentium dos se activaba, pasó el momento. Se escucha el ruido del agua discurriendo por la calle, con lo absurdos que son los drenajes de las obras municipales el agua formará un torrentoso río a partir de una cuadra de aquí y arrasará con los sembríos aledaños, ya lo veo como lo he venido viendo. ¿Será tan difícil, para los alcaldes, hacer obras que permitan que el agua de lluvia discurra a los desagües?. ¿Será tan difícil conducir el agua de lluvia hasta quebradas colectoras, de tal manera que los vecinos no salgan perjudicados y los sembríos no resulten arrasados?.


Me gustaría ver a los alcaldes inspeccionando el beneficio de sus obras, obras que obedecen a proyectos técnicamente estúpidos y económicamente embusteros, lejos de la realidad concreta del lugar, proyectos encarpetados por inescrupulosos ingenieros que facilitan se pongan en marcha, indistintamente, ya en Pallasca, ya en Conchucos, ya en Conchamama, ya en Sacaycacha. No sucederá que un alcalde evalué el impacto de sus obras, creo yo, y me gustaría que alguien me demuestre que estoy equivocado. Pero, quién soy para merecer tal demostración, dirán con soberbia actitud, en afán de tapar evidente y vergonzosa irresponsabilidad.


La neblina está hacia allá, del río Tablachaca para la Libertad, en el norte, y por el este, cubriendo el cerro cercano, el Muash, a diez kilómetros en línea recta, talvez; al sur no puedo precisarlo, ahí están todas las casas del Tambo besándose con la neblina, tras de ellas está el barrio de Chaupe, y al oeste no distingo más que la pared de mi cuarto y en ella un perchero fatigado por mis mugrosas prendas de vestir. Están pasando una novela, por América televisión, una mejicana tan tonta como la gente que la ve, mejor apago la tele.
Los gorriones cantan en el árbol de afuera, en el patio, y me hacen sentir que aún vivo. La neblina empieza a tupirse, apenas se divisan las siluetas de las casas al sur, cual fantasmas que se dejan entrever, y al este apenas se ven los árboles de eucalipto, ahí nomás, donde se inicia la quebrada de El Común, y ahí están pastando unos cerdos, a su antojo. Los árboles se agitan irritados por el viento, como queriendo escapar de la tupida, viento y neblina ¡qué miedo!, luego, ¡jua!, los árboles desaparecen, la neblina los sepulta, y luego avanza a mi ventana, ¡desafiante!, talvez piensa en sepultarme igual que a los eucaliptos, y tropieza con el vidrio, favor a tiempo, ¡caramba!, es bueno tener un techo de barro con algo de vidrio, ahora me doy cuenta de su importancia, naturaleza y tecnología en comunión. ¡Vapor!, vapor de agua hirviendo, después de la ventana, puedo ver.


Se escucha un motor por el este, lo puedo escuchar atronador, claro que lo escucho, y ahora la ajetreada bocina, ¡caray!. Se detuvo.
Deseo un cigarrillo, no sé porqué, pero deseo. Talvez sin saber porqué los políticos desean mentir y los ladrones desean robar y las aves volar. Dejo de escribir, llevo el cigarrillo a la boca, ahí se queda. Escribo, me rasco la mano derecha, prendo el cigarrillo y vuelvo a escribir con el cigarro en la boca. Dejo de escribir, cojo el cigarrillo, jalo y boto el humo y otra vez a la boca y a escribir, y aquí me quedo... Y a fumar tranquilamente mientras el motor del vehículo está encendido, a unos sesenta metros talvez, sobre el puquio, ahí hay agua por siempre, no se quiebra ni se rompe desde que me acuerdo. La neblina me ha circundado, sólo alcanzo, apenas, a ver la confusa silueta del árbol del patio. Doy otra jalada de humo y cigarro en boca escribo, y el humo me ciega, ahora comprendo porqué el pueblo es ciego..., mejor termino el cigarrillo con largas jaladas de humo, ¡no más ciegos!, y ahora mis pulmones cómo estarán..., ¡qué tal estupidez el habito de fumar!, ¡qué masoquismo!, en contraposición con el robo y la mentira, ¡qué sadismo!, espero poder dejar de fumar, pero, ya,...dejo de pensar y me retuerzo en ademán cansado.

Sigue sonando el motor y yo tras la cortina de nube que no se decide a partir, por fin veo la primera casa frente a la mía, la de don Tomás Zúñiga, ¡y el motor se apaga!, “¡aguanta, aguanta!”, grita el gentío y se arma la confusión parlanchina. “¡Pon piedra, piedra, carajo!”. Me rasco el mentón, y a las teclas, me rasco la mano y a las teclas, me rasco la mano porque sufrí una picadura de abeja mientras limpiaba una colmena.
La neblina se acerca de nuevo, pienso en el pobre caballo “Recuerdo”, alias “Alcalde”, que está en el corral de mi hermana, nada más que a cuatrocientos metros al este, desde aquí se ve cuando está despejado el ambiente. Mi amigo caballo está flaco, no por falta de comida, por exceso de lluvia y frío, el hombre debe tener un pesebre con techo, se lo merece, pero cuando yo no estoy, ¿quién le pondría bajo techo?, sufriría más aún, es mejor que siga como está. Es que a veces yo me voy, a Lima o Chimbote, y se queda al cuidado de otros. El gato gordo y blanco de mi sobrina ha sido mimado por ella y no sabe defender su alimento frente a los otros, ni buscar los ratones ni las lagartijas en los corrales aledaños como lo hacen sus compañeros, el pobre sufre, lo sé porque su maullido es lastimero, por lo mismo tengo que acogerlo y vigilar que coma solo.


Y el camión ese, recién prende el motor, de nuevo, y los gritos del gentío, “¡dale, dale, carajo!”, y pasa frente a la casa. Y escucho otros vehículos más, el sonido es peculiar, son camionetas, las cuatro por cuatro que vienen de las minas de la libertad o de Pasto Bueno, son dos camionetas y más de las cinco de la tarde, no soporto tres carros en línea pasando, no soporto el ruido, ¡a la m...!, tendré que usar tapones. La situación se agrava para mí cuando corren ómnibus, camiones y camionetas, desde la Libertad, desde Pampas y desde Conchucos.
Que el ilustrísimo Alcalde haga un desvió a fin de que en verano los tarados de los conductores que pasan fierro a fondo no nos arrojen tanto polvo, pero, ¡qué lo va hacer!, a la gente le gusta el ruido de las máquinas, a propósito salen a mirarlas y gozan con ello, a propósito suben a los volquetes vacíos y desde la tolva arman una confusión sonora de gritos y silbidos con ronco motor, ¡es el adelanto!, si yo propongo un desvío me consideran antisocial, ¡ya los escucho!.
Y ahora, dónde estará el Alcalde, casi siempre está de viaje y los empleados del municipio en desgobierno total, talvez está viajando, haciendo gestiones importantísimas en beneficio del pueblo, beneficio que yo no alcanzo a percibir, ¿qué harán con tanto dinero?, hay un volquete y un cargador frontal, hacen mayormente servicio comercial para terceros (para quién, pues, sino para los más...), pasan todo el día por la calle de enfrente, el volquete carga leña y arena, y el cargador frontal piedras desde Murahua hasta la plaza y adobes desde el común hasta no sé dónde, como si se tratara de un volquete, ¡tienen uso indebido!, ¿no sería mejor que el cargador frontal estuviera limpiando las carreteras de acceso al pueblo y las lagunas de Chaupincocha y Shulgarape, y, además, las cunetas aledañas al pueblo para que las crecidas del agua de lluvia no malogren los corrales de los vecinos?. ¡Les importa un silvestre ballico!, y si no es así, se puede decir que ignoran lo que se debe hacer en el pueblo.

Los conductores de los vehículos motorizados del Municipio son el colmo del irrespeto, los manejan como si fueran de su propiedad en las circunscripciones de sus chacras, ¡nos atropellan!, son iguales, con escasas excepciones, sucede en todos los Gobiernos Locales de turno, merecen un jalón de orejas, porque los vehículos son nuestros y nuestro el Pueblo; pero, quién podría apoyar abiertamente lo que aquí digo, somos cobardes y murmuramos en pequeños círculos, solamente, y luego corremos con el chisme, ¡y a ver si nos ganamos alguito!, somos arrastraditos, actuamos de acuerdo a conveniencia pecuniaria.
Somos pallasquinitos, antes éramos pallasquinos, y los demás eran: conchucanitos, pampinitos, mollejoncitos. Ahora nos han superado. Es la dialéctica de Marx, ¡pues!, qué dirán mis compatriotas, los rojos institucionalizados, bifurcados a la sazón en demócratas y terroristas, los otrora dirigentes estudiantiles en las Universidades Nacionales, qué estarán haciendo, ¿habrán experimentado un salto dialéctico?, ¿o le habrán dado la razón a don Víctor Raúl Haya o no haya, que solía llamarlos RÁBANOS: rojos por fuera y blancos por dentro?. Estoy seguro que, si se enteran de esto, saltarán aburridamente con sus teorías revisionistas e instituciones internacionales desde la primera hasta la enésima, pasando por la Cuarta Internacional; ¿o talvez dirán que estuvieron equivocados y se han enrumbado, por fin, por el camino correcto?. Sin querer he llegado hasta Rusia, Rusia y no rucia, tan burra como la burra shapra y chueca que tiene un pallasquino y que sólo sirve para parir crías casi shapras y  medio chuecas.


Mejor, mejor vuelvo a casa, sin comunismos ni capitalismos, sin globalizaciones ni libres tratados, en casa hay mucho que decir, mucho que ordenar, ordenar, por ejemplo, ordenar lo que estoy escribiendo, para que alguno de mis parientes que se quedó en tiempo pretérito estúpido perfecto del modo despectivo, no diga que he estudiado por las puras: “Ese conch...escribe guevadas... ¡qué va a ser mi familia!”. De alguna manera mi pariente tiene razón, porque la gramática siempre me resultó, me resulta y me resultará muy difícil, con eso de los tiempos y los modos y la sintaxis y la con taxis, y la semántica y la sé nada, etc, etc,..., muy fácil, facilísimo, me resultó saber que dos más dos es cuatro, y dos por dos es cuatro, y dos al cuadrado, cuatro, cuatro los lados del cuaderno, cuatro los lados del salón, cuatro las patas de la mesa, etc, etc, y uno elevado a cualquier potencia siempre es uno y no puede ser otro, en Pallasca, en Lima o en Zarrapastra, con burro propio o con auto prestado siempre es uno y no puede ser otro...Vuelvo a casa:

¿Qué cosa es un Alcalde, ahora, sino un Cacique a lo moderno, con aires de Condesa, plagado de adulones y titiriteros, y además, con presupuesto fácil de gastar?. Si hay alguien que no lo ha sido, en los últimos tiempos, me arrodillo ante él.
Mejor, prendo la tele para relajarme, el único canal que se puede captar bien aquí en la casa es América TV, ahí está “El chavo del ocho”, más de treinta años lo encuentro en el mismo canal, los mismos episodios, la letanía de la tele, no quiero decir que el programa es malo, al contrario es el mejor programa infantil que he visto, pero me aburre la repetición, por lo mismo me aburre la reelección de las autoridades. Seguro que pronto entrará Raúl Romero, esforzándose con jergas y gestos para salir de lo común, finalmente es su negocio privado, privado por fin, cada uno vive como puede, siempre y cuando no choque con el patrimonio común. Mejor, hasta otro día, mientras, ¡a ver si se despeja la neblina!.


Es otro día, otra tarde, y nuevamente la neblina y la lluvia, y los vehículos motorizados, y faltan tres días para que termine abril, esto parece ser un quiebre en el normal desarrollo del tiempo, no suele llover así por este tiempo. Otra vez no hay agua potable, precisamente ahora que vuelvo a escribir, “la tubería sia roto”, la misma letanía. ¿Cómo no se va a romper la tubería si la red de agua está mal cimentada?, tendré que recoger agua de lluvia. Bueno, pero la razón por la que me he puesto a escribir es para sentirme bien, y nada más.

Son las 7 de la mañana de otro día, del 5 de junio, de éste o del año pasado o del siguiente, me es indiferente, dos años ya que el medio ambiente obedece a similar comportamiento, siete de la mañana del cinco de junio y cero nubes en el amplio cielo azul, es indescriptiblemente hermoso con el sol todavía acariciándose con el Muash, ¡hasta mañana!, parecen decirse. Hoy no hay gente ni vehículos para mí, hoy los ignoro. Me quedaría contemplando todo el día, ¡sólo existiría el cielo y yo!, pero, debo ir a desayunar a la Plaza y comprar pan para los gatos. Voy, disimuladamente mirando al cielo, ingreso al restaurante en la casa del tío Beto Zanelli, me ubico frente al oriente, ahí está el cielo azul, sirven mi pedido, rápidamente doy cuenta de él, pido un sol de pan y, ahora, me voy a casa, disimuladamente mirando al cielo.


Doy de comer a los gatos, ahora debo sentarme en el centro del patio para contemplar el cielo, ahí está la silla desde ayer que estuve lavando.....,ocho de la mañana y el cielo sigue completamente limpio. Nueve de la mañana, igual de limpio. Diez de la mañana, puedo ver por allá por el cerro Guaura que aparecen unas nubes, ¡caramba!, Guaura ha nevado, igual que el otro día y el otro también, y un día lo hizo el Chonta, como cuando yo era niño, burlándose ahora del calentamiento global, ahora el tiempo está queriendo formar nevados, pero, con la tarde se habrá ido la nieve para regresar mañana, ya lo he visto días atrás. ¡Caramba!, por todos los cerros que alcanzo a divisar, al norte y al oriente, y que limitan con el infinito, aparecen nubes, cual humo de escondidas fogatas casi ahogadas. Las ralas nubes que aparecen van formando copos a medida que ascienden, algunas se esparcen, se escarmenan y vuelven a conglomerarse, y así se van desplazando, lentamente, rumbo a la conquista del abierto cielo, pero, son pocas, por supuesto, sencillamente adornan el azul cielo, y el sol está radiante e invita a caminar por los senderos, ¡pero, qué!, no puedo, tengo que fabricar mi almuerzo, ahí voy.
Lo hago saliendo intermitentemente al patio mientras la cocción, cielo azul y escasas nubes ahí arriba, y en la cocina, tallarines llegando a su punto, ahora no con gallina, ahora con enlatado de pescado desmenuzado, igual que lo hacía mi tía Elmita en Chimbote, ingeniándose para cubrir la dieta...,. Ya está, están sabrosos, ¡qué bien!, podré compartirlos con los gatos. Primero yo y luego los gatos. No, primero los gatos y luego yo. No, así no, mejor, todos juntos...,. ¡Cómo lo saborean!...
Salgo al patio, miro al cielo y lo fijo en mí, ingreso a mi cuarto e inicio la lenta Pentium, miro a través de las ventanas mientras se activa. Y, ¡ya está!. Dos de la tarde con diez, y, (“Dos y picos”, dijera don José María, mientras se aprestara a terminar unos zapatos de “Bozcal, para mujer” o de “Impermeable, para varón”). Y ahora, mientras me llegaba la figura de don José María, dos de la tarde con doce, y..., de este mismo 5 de junio. He visto desde el patio, hace un momento, que las esparcidas nubes, más osadas, no han alcanzado perpendicularidad con el punto en el que me he ubicado como vértice de un cono invertido respecto a las nubes, se han quedado a cuarenta y cinco grados, talvez, eso creo; y veo desde aquí, que el Guaura ha perdido toda la nieve formada durante la noche de ayer y la madrugada de hoy, hasta este momento el sol ha girado más de noventa grados hacia el poniente, ¡y volverá mañana!, y yo, sólo yo, ciento veinte grados hacia el ocaso, si es que algo no me quiebra antes de llegar a ciento ochenta,... ¡Y no volveré!...

Publicado en mis notas de facebook el 5 de octubre de 2011.
Publicado el 12 de marzo de 2013 en la revista http://www.pulso-digital.com/
http://bocanegra5.rssing.com/browser.php?indx=9250632&item=9